Lecciones de comunicación política desde el gueto (I): Malcolm X

Lecciones de comunicación política desde el gueto (I): Malcolm X

En una época oscura para la política donde prima el espectáculo, el insulto fácil y la falta de rigor, en esta serie de artículos me gustaría acercar al lector a otras formas de hacer política menos conocidas, apartadas de los canales convencionales y de los partidos políticos. Esta
semana vamos a analizar la personalidad que supuso Malcolm X (1925-1965) así como las lecciones de comunicación política que podemos aprender de su figura pública. ¿Qué nos puede enseñar uno de los líderes negros más importantes en la historia de Estados Unidos?

En primer lugar, hay que destacar que Malcolm X tenía en su oratoria la audacia que le acompañó durante toda su vida. Su dura infancia le enseñó a no tener compasión por una sociedad que primero te aplasta y luego pregunta. Malcolm desarrollaba las dotes del carisma
weberiano a la perfección y actuaba como un referente para cientos de miles de personas. Era palabra, era acción, era política.

Otro elemento característico es que Malcolm X era un amante de los libros. Como bien afirma su autobiografía, tras iniciarse en la lectura tardíamente, Malcolm comenzó a participar en los debates semanales de la cárcel, ese fue su bautismo en la oratoria. Su método era sencillo:
buscaba palabras para formular la oración siguiente, convencido de que si sabía hacerlo podía ganarse al público. Fuera cual fuera la tesis que defendiera, se informaba siempre a fondo sobre la cuestión. Otra cosa que siempre hacía era ponerse en el lugar del adversario, preveía sus argumentos y buscaba la manera de rebatirlos para prepararse mejor y construir defensas más sólidas. De esta manera, sabía escuchar a sus rivales atentamente y cuando fuera su turno, hablaba sin parar y no dejándose interrumpir hasta que su pensamiento hubiera concluido de manera intuitiva.

Su estilo comunicativo era heredero de la Ilustración, de los valores liberales clásicos que aprendió leyendo filosofía e historia en su paso por la cárcel, lo que le diferenciaba notoriamente al resto de miembros de los Hermanos Musulmanes. En sus discursos apelaba a la razón, a la lógica, trataba con la realidad y el presente de forma que conseguía su éxito entre aquellas personas no musulmanas, dejando atrás la fe o la autoridad religiosa. Entendía que el verdadero debate se libraba en el terreno de las ideas, por lo que ponía el acento en la doctrina social y en las cuestiones políticas de actualidad, dejando de lado los problemas de ámbito moral o religioso. Este estilo discursivo tan característico fue la principal causa de su expulsión en 1964 de la Nación del Islam.

Malcolm X supo priorizar el poder de las ideas sobre la religión, y entendió que el hecho de saber comunicarlas con éxito era esencial para construir un movimiento social mayoritario. Su objetivo era claro: despertar las conciencias de aquellos negros marginales y conseguir que éstos apuntaran sus males hacia al opresor y no hacia el oprimido.

Otro hecho característico es que analizaba los hechos con frialdad en todo momento, de forma casi matemática. La principal diferencia con otros líderes negros del momento es que ellos desconocían por completo el gueto. Malcolm tenía el instinto del gueto, hablaba y entendía su
lenguaje. Las masas de negros que vivían en los suburbios confiaban en él, porque había sufrido lo mismo que ellos en el pasado. Él había vivido en los barrios de Chicago y Nueva York, se había criado entre comida subvencionada por el Estado, sabía lo que era el hambre de primera mano, la violencia hacia los negros y el racismo.

Le tenían respeto. Un respeto ganado a pulso. Conocía su lenguaje, sus preocupaciones, sus problemas y sus opresiones. Era de las pocas personas que podía pasear por las calles de Harlem con la misma facilidad que un cuchillo atraviesa la mantequilla en pleno verano.

A partir de un lenguaje claro y sencillo, siempre ofrecía algo especial a cada grupo en particular. Una de las cosas más llamativas de su lenguaje es que era capaz de construir la otredad en su discurso y en cada intervención pública que tenía se encargaba de subrayarlo. Malcolm X se oponía al opresor blanco, pero también a la elite negra (lo que él llamaba black liberals o Tío Tom) que estaban obsesionados con integrarse pacíficamente en la sociedad racista norteamericana. Y sus rivales, ¿qué pensaban de él? El público blanco se sentía amenazado y confuso, puesto que no sabían cómo un negro era capaz de ganarles en su terreno. Por otro lado, era odiado por la elite negra los cuales le tachaban de radical o extremista.

Algo habitual entre los canales de televisión blancos era poner a debatir a Malcolm X con un negro educado integracionista sobre las estrategias para conquistar los derechos civiles, cosa que él detestaba porque los blancos salían como los buenos y ellos como los malos y desviaba la finalidad del debate, que era denunciar a la sociedad racista norteamericana.


Por otro lado, Malcolm X también entendía a los medios de comunicación como la institución más poderosa de todas, puesto que podían cambiar las conductas de las masas y conseguir que el culpable pareciera inocente y el inocente culpable. Malcolm achacaba que los medios de comunicación eran los culpables de la alienación negra, el arma que dormía la conciencia de millones de personas. Así pues, los medios de comunicación eran los encargados de que odiaras al oprimido y amaras al opresor.

De esta forma, Malcolm X entendió la televisión como una herramienta que si se utilizaba correctamente, podía servir para llegar a aquellas personas que estaban invisibilizadas: las grandes masas de negros. A partir de una mirada penetrante que no dejaba a nadie indiferente,
Malcolm X era esa persona que en medio de un programa de televisión en prime time, podía defender la autodefensa con los mismos argumentos que los blancos que estaban en el debate le habían acusado de violento. Una de las estrategias habituales que utilizaba era coger la última frase de su rival para comenzar su argumento, dándole la vuelta y que así sirviera como gancho para atraer la atención los espectadores.

Por tanto, su fluidez y franqueza frente a los medios de comunicación y el carisma que desprendía entre la población negra eran fundamentales. Malcolm X era de los pocos comunicadores que conseguía dejar con la misma cara de asombro a los negros de Harlem como
a los catedráticos y alumnos de la universidad de Oxford o Harvard, así como a los principales periodistas televisivos de Estados Unidos, dominando el debate de principio a fin. Malcolm X era capaz de conseguir con sus palabras -la hoy tan codiciada- transversalidad. Provocaba
admiración y odio por partes iguales con sus mensajes; sin importar la clase, el dinero o los estudios de sus oyentes. En palabras de su biógrafo, Malcolm X era la única persona negra de Estados Unidos que podía iniciar una revuelta racial o detenerla, ahí descansaba realmente su poder.

Por último, Malcolm X defendía el enfado, el enfado como estado de ánimo que llevara a la acción, a querer dejar de estar enfadado. Su estrategia política se centraba en primer lugar en despertar a aquellas mentes dormidas para después pasar a la acción. Además, nunca vacilaba en sus palabras, nunca tuvo problemas en posicionarse ante situaciones complejas, puesto que sabía que si defendía una postura determinada utilizando el máximo rigor y sentido común posible, pocas veces podría perder.

Quizás, la tarea más importante que podemos aprender de Malcolm X a día de hoy es que la transversalidad en política no se consigue diciendo cada día una cosa diferente o afirmando lo que el público quiere escuchar, sino convenciendo y diciendo la verdad a las personas que están acostumbradas a escuchar mentiras todo el tiempo.

Víctor Torres Llorens

Víctor Torres Llorens

Sociología y Ciencia Política
Educación
Graduado en Sociología y en Ciencias Políticas por la Universidad de Valencia. Actualmente Máster en Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid

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