Entre el materialismo y el posmaterialismo: repensar el trabajo y el tiempo para una nueva izquierda

Entre el materialismo y el posmaterialismo: repensar el trabajo y el tiempo para una nueva izquierda

En el texto Notas sobre la “deconstrucción de lo popular” el sociólogo Stuart Hall plantea un debate que de distintas formas ha venido atravesado a la izquierda desde sus comienzos. La cuestión sobre cómo intervenir “lo popular” o “el pueblo”. En este artículo Hall acepta muchas de las premisas de lo que podríamos llamar “izquierda posmaterialista” renunciando a la mera dialéctica materialista y apostando por una disputa cultural de base. Sin embargo, esta disputa, aunque es irrenunciable, esta atravesada por una brecha fundamental. Disputar la cultura sin disputar la base sobre la cual se sostiene; el capitalismo y más concretamente los dispositivos del trabajo, el dinero y el tiempo -como están siendo repensados por algunos sociólogos como Jorge Moruno en España o la revista Krisis en Alemania- es una batalla perdida desde el principio.

Toda lucha cultural es siempre una apropiación simbólica de las representaciones que asociamos a determinados objetos que están en conflicto. En este sentido el término cultura aplicado a la política hace referencia a la disputa de los elementos que definen al “Pueblo” o la “clase popular”.

Para el sociólogo francés Pierre Bourdieu, la sociedad entera está atravesada por dos lógicas o dos formas de capital: el cultural y el económico. De tal forma, la sociedad se distribuiría en un diagrama que combinaría agentes con alto capital económico y cultural como son determinadas élites universitarias o artísticas, con agentes con bajo capital económico y alto capital cultural, como parte de la juventud de nuestro país. También habría agentes con bajo capital económico y cultural; muchos de los trabajadores/as manuales, o agentes con capital valor económico y bajo capital cultural como es el caso de muchos deportistas de élite.

Lo que este diagrama explicaría es la inexistencia de una relación unívoca-unidireccional de la clase económica objetiva a la que uno pertenece y su voto. Habría más elementos implicados en la ecuación, principalmente el capital cultural que, a través de las mejoras paulatinas de los sistemas de vida -principalmente en occidente-, estaría ganando cada vez mayor importancia en nuestras sociedades. Sin embargo, una vez que el peso se ha deslizado hacia las razones culturales que explican el voto o más en profundidad; la representación, entre otras razones porque la sociedad se construye mayoritariamente en la zona central del diagrama, lo que llamamos clases medias, debemos atender a un segundo peligro.

Todos los campos tienen sus propias lógicas, y el cultural principalmente está atravesado por eso que Bourdieu llamó la lógica de “la distinción”: la necesidad de las élites culturales de distinguirse de la “Plebe” y no solo esto, sino algo más profundo. La desvinculación de las distintas lógicas y la cada vez mayor autonomía de los distintos campos que componen la sociedad producen una relación no corresponsible entre las distintas partes implicadas.

Pertenecer a un campo es actuar en ese campo: seguir sus reglas y lógicas. Todos los campos sociales, pero sobre todo los culturales -artísticos-, se rigen por dos sublógicas: la lógica del capital simbólico, completamente desvinculada de la otra lógica: la  económica. Por ejemplo -y para que se entienda-, en literatura nos encontramos con la situación paradójica en la que quienes más leen y mejor, los que conocen el cannon e incluso los que participan de él -los escritores y críticos-, diríamos; las élites del campo, son los que, sin embargo, menos capaces son de acceder al lector mayoritario al que muchas veces apelan. No olvidemos que las literaturas de vanguardia, los movimientos literarios proletarios o socialistas o aquellas literaturas que pretendían interpelar a las “clases oprimidas”, no son ahora más que reliquias museísticas en manos de críticos y otros escritores, debatidas y compartidas en pequeños círculos literarios y culturales. Sin embargo, la apelación fracasada de esas literaturas a las clases trabajadoras -donde encontramos el lector mayoritario- contrasta fuertemente con el éxito de la otra parte del campo literario -la regida por la lógica económica- en la construcción de la cultura popular. No olvidemos la venta de Best Sellers, denostados en las élites del campo y tan queridas por los lectores medios, o la mal llamada “Poesia pop” impugnada por el cannon y recibida con aplausos por parte de las masas populares. Y esto no es baladí, esto constituye el centro de nuestra discusión.

Las estrategias populistas -hegemónicas- que apelan a disputar los significados culturales -simbólicos- para articularse, como en el caso de Hall, en cultura popular mayoritaria, deben tener en cuenta este break fundamental. La sociedad no puede ser explicada con una sola lógica como pensaban los marxistas -la económica- pero tampoco puede ser interpretada solo apelando a “lo cultural” -como piensan algunos posmaterialistas-. Si algo nos enseñó Bourdieu es que cada campo -y cada vez hay más y más distinguidos- aplica sus lógicas; eso sí, atravesados siempre por dos principios fundamentales: la distinción y la autonomización.

Para disputar una cultura hegemónica hay que revisar y reconocer todos los campos que componen eso que llamamos “lo cultural” y que construyen y constituyen el pueblo, o en términos de Hall “la cultura mayoritaria” -meainstream-. Revisar sus lógicas, entenderlas y porque no, disputarlas, es un deber fundamental. En lenguaje de Bourdieu debemos preguntarnos ¿Hay un campo que se imponga sobre el resto? ¿Cómo se construye en la interacción de campos la cultura popular hegemónica, bajo que lógicas y sobre qué reglas? En lenguaje del psicoanálisis ¿Quién construye el deseo y bajo qué criterios? En lenguaje marxista althusseriano ¿Desde dónde y cómo se construye la ideología? En lenguaje de Ranciere ¿Quién nos enseña a hablar y cómo? En realidad, todas las preguntas son miradas distintas sobre el mismo problema.

Parece que en cualquier caso la respuesta es la misma: el dinero. El dinero enseña a hablar al lector del campo literario imponiendo los criterios del mercado mayoritario del cual las grandes editoriales beben. El deseo se produce en los grandes canales del meinstream. La ideología se produce mediante el discurso, sí, pero se reproduce en las relaciones mercantiles como fetiche. Nos encontramos con un presumible eterno círculo -por seguir con el símil- por el cual las editoriales venden lo que la gente compra y la gente compra lo que las editoriales venden. Cómo romper el círculo es la gran pregunta política. Podemos enseñar a leer literatura “de verdad” a las culturas populares -movimiento de política hegemónica-, o en términos más políticos, convencerlos de que lean a determinados autores. Pero si no tocamos el mercado literario habrá sido -por lo menos en las distancias largas- en vano. El mercado se adaptará a esa nueva demanda.

Por eso, la necesidad económica es, a todos los niveles, el pilar fundamental que sustenta cualquier otra relación de poder, cultural o material. Cualquier política hegemónica que se intente tiene que ser consciente de que o bien disputa este elemento  -que hoy no se produce ya como mera lucha de clases por la propiedad de los medios de producción del trabajo, sino como abolición de la idea misma de fuerza de trabajo- o está a condenada a fracasar. Sin disputar la idea de “Necesidad económica” no hay disputa cultural que pueda funcionar. Cualquier intervención de este tipo estará condenada a volver al punto de inicio. Hacerse oír hoy -hegemónicamente hablando- supone: en la TV que te “vendas” a su lenguaje, que “des” audiencia.  En la literatura que escribas Best Sellers que se vendan. En música que hagas la música que se escucha.

Hoy en día puede ser más político, y sobre todo, puede tener mucho más impacto político -por seguir con el símil literario- Vargas Llosa, Almudena Grandes, Arturo Pérez Reverte o J.K Rowling, que el mejor y más inteligente de los novelistas políticos bien posicionado en el campo. Para que nuestro novelista imaginario pudiese “hegemonizar” tendría que perder gran parte de su calidad literaria, de su valor simbólico; hacerse ver en los circuitos editoriales mayoritarios. Es decir, adaptarse a las reglas económicas. En política ocupar el centro -o la centralidad- hegemónicamente es renunciar al lenguaje, o mejor dicho, hablar su lenguaje. No digo que no sea útil -que lo es- pero sin disputar conceptos como “necesidad económica”, “trabajo” o “Lógica comercial” -en lenguaje de Bourdieu- estamos irremediablemente condenados a volver al punto de inicio.

Antes de acabar una reflexión. ¿Cuál es para Marx la estructura mental que hace funcionar todas las estructuras ideológicas del capitalismo? El fetiche de la mercancía. ¿En qué consiste este fetiche? En considerar cualquier objeto -también los sujetos- en su valor de mercado como mera apariencia; un objeto de transacción que puede ser comprado y vendido, que tiene un valor. ¿Cuál es el vínculo que mantiene unido capitalismo y vida? El trabajo; la necesidad de producir, la necesidad asecas. Por lo tanto, disputar la idea de trabajo -como propone  el sociólogo Jorge Moruno en su último libro  No tengo tiempo. Geografías de la precariedad, pero también como proponen los miembros de la revista alemana Krisis-, la idea de necesidad, y por lo tanto también la idea de tiempo, o más en concreto, de tiempo libre, es lo que nos va a permitir salir del atolladero. Cualquier política de izquierdas que se precie tiene que estar dispuesta a repensar la idea misma de trabajo, de necesidad. Todo lo demás nos llevará tarde o temprano al punto de partida.

 

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Filosofía
Educación
Filosofía en la UGR, máster de estudios avanzados en comunicación política por la Universidad Complutense de Madrid, diploma de especialización en marketing online por la UNED y estudiante de psicología por la UNED

Please follow and like us:
Please follow and like us:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *