En defensa del voto de ERC y la CUP para una nueva cultura política

En defensa del voto de ERC y la CUP para una nueva cultura política

La investidura en el Parlament de Catalunya del nuevo presidente Quim Torra, ha suscitado una enorme polémica tanto en Catalunya como en otras partes del Estado. Racista, fascista, reaccionario, xenófobo, derechista, son algunos de los calificativos con los que se ha señalado al ahora President tras la aparición de algunos artículos y tuits publicados hace algunos años, que representan, efectivamente, lo peor de cualquier nacionalismo: racismo, exclusivismo, supremacismo etc. “Los españoles solo saben expoliar” “Fuera bromas. Señores, si seguimos aquí algunos años más corremos el riesgo de acabar tan locos como los mismos españoles” fueron algunos de los tuits que despertaron la polémica; además de algunos artículos racistas -o supermacistas- contra los españoles e incluso -lo que ha despertado también la estupefacción de parte de la izquierda- contra el 15M.

Aun así, para parte de la izquierda la estupefacción no es tanto por el personaje como por el voto favorable de ERC y la abstención de la CUP en la sesión de investidura realizada ayer día Lunes 14 de Mayo. Esto ha suscitado nuevos enfrentamientos tanto entre lideres políticos como entre algunos personajes conocidos que han tachado de traición a parte de la izquierda catalana. Quizás el caso más sonado haya sido el enfrentamiento entre dos viejos amigos: Antonio Maestre (periodista) y Gabriel Rufian (político de ERC), en el que el primero acusaba al segundo de votar a un líder ultraderechista y supremacista. También lideres como Pablo Iglesias, Ada Colau, Iñigo Errejón o Xavier Doménech se han mostrado estupefactos por la investidura de Quim Torra con el voto favorable y la abstención de partidos de la izquierda catalana.

El debate, que ha sido replicado en todos los entornos sociales, tiene muchos prismas. Algunos, efectivamente, estaban deseando tener una excusa para demonizar al independentismo, y no solo en la derecha, sino también en una parte de la izquierda. Otro eje del prisma tiene que ver con la idea de “pureza política”. La palabra “traidores” sería la que representaría a este sector más izquierdista. Otro eje del prisma está representado en la postura que defiende que “no todo vale” para conseguir un fin, donde encontraríamos a políticos como Ada Colau o Xavier Doménec entre muchos otros.

Sin embargo, hay varios elementos a rescatar en este debate. En primer lugar una lección: la institución es la institución y nadie en la izquierda está libre de haber cometido “traiciones”. La política institucional es principalmente política de negociación y de objetivos. Es decir, política de cesiones y concesiones; de diálogo; de objetivos comunes y enfrentados, de acuerdos, de pactos y de logros. La institución no es la calle, no es un movimiento social. La institución tiene unas normas; unas reglas de funcionamiento no solo administrativas sino políticas; unas lógicas propias que desde luego no son las de los movimientos sociales. Las instituciones en definitiva tienen otros tiempos y otras dinámicas, y esto debe ser entendido. Es perfectamente loable presentarse a unas elecciones, entrar a las instituciones, pero tanto los políticos como los votantes deben entender que esto conlleva, siempre que se quiera lograr algo, cesiones, concesiones, negociaciones y acuerdos.

Un segundo elemento, relacionado con el primero, tiene que ver con una forma de entender la política. Si algo nos ha enseñado lo ocurrido ayer, sobre todo en lo referente a la sorpresa y las críticas de parte importante de la izquierda sobre la “abstención” de la CUP , es que nadie está libre de pecado; nadie está libre -sobre todo en la izquierda- de ser un “traidor”. Frente a los que llaman traidores a los diputados de la CUP; frente a los que llaman a la decepción de una parte de la izquierda catalana, seguramente sea importante rescatar una idea: el purismo político no sirve para las instituciones. A éstas se entra para logar determinados proyectos concretos y esto, dada la propia planificación y organización de un parlamento, requiere siempre y en el mejor de los casos llegar a acuerdos de fondo, de medio y de base. La opción del puritanismo es estrictamente necesaria en el movimiento social, que es el que tiene la obligación de sacudir a las instituciones, pero es absolutamente inmovilista en un parlamento.

Seguramente a la CUP -también a ERC y en especial a Gabriel Rufian- le pasó factura haber sido un firme defensor del “Puritanismo”; haber, tantas veces, sentado cátedra y pasado lista. Pero a tiempo se está siempre de reaccionar y también de aprender. Primar el acuerdo sobre objetivos concretos; estratégicamente olvidar las siglas e incluso los símbolos -siempre que sea estratégica y temporalmente- por un proyecto concreto, es lo que, entre otras cosas, hace valiosa la institución; defectuosa por naturaleza si se quiere, pero necesaria también en algún sentido.

Distinguir, por lo tanto, las lógicas de la política, es algo fundamental para limpiar el debate, para hacer política con mayúscula, para empezar a entendernos. Un partido nunca puede ni debe ser un movimiento social; no debe -y seguramente no pueda- aplicar las lógicas de la calle a las lógicas de un parlamento ni viceversa. Ambas se necesitan, o en cualquier caso, necesitaremos siempre a los movimientos sociales -las instituciones está por ver-.

La tercera y última lección, quizás también la más importante, es que todavía pervive entre los ciudadanos del estado español una cultura política de la polarización: del traidor y el puro, del bueno y el malo, de las ideas de verdad y de las falsas ideas; una cultura política moralista y moralizante; una cultura de mirar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Seguramente por eso, la lección más importante que debamos extraer de lo ocurrido ayer, es que las instituciones son vehículos para llevar a cabo proyectos -por supuesto acompañados siempre de ideas- y que por lo tanto, quizás pueda ser criticable la posición de la CUP o ERC, pero también puede ser loada como la defensa de un proyecto -guste o no- por encima de siglas. Nada defiende mejor una idea que sacrificar el puritanismo idealista por un realismo proyectista.

Por esto deberíamos pedir que todos en las instituciones -que no en los movimientos sociales-, sean capaces de elevar los proyectos políticos -los programas- por encima de moralismos, moralinas y puritanismos cuasi religiosos que no hacen más que dificultar la consecución de objetivos concretos. Seguramente sea un punto de entendimiento poner ideas -proyectos- por encima de partidos, siglas y candidatos. Seguramente es sano para la política que empecemos a entender que aunque por supuesto es perfectamente loable no entrar en las instituciones, una vez dentro, lo mejor que se puede hacer es poner por delante de siglas y partidos, ideas y proyectos. Creo que la CUP o ERC -que han sido en muchas ocasiones, los primeros en clavar la bandera del puritanismo y del moralismo- han de ser loados con el noble objetivo de que cuando toque a la inversa ocurra igual; con el noble objetivo de que los proyectos progresistas sean capaces de reunirse en torno a proyectos comunes. Así podremos empezar a limpiar por fin el debate político en nuestro país, tan marcado todavía por el espíritu del derby.

 

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Filosofía
Educación
Filosofía en la UGR, máster de estudios avanzados en comunicación política por la Universidad Complutense de Madrid, diploma de especialización en marketing online por la UNED y estudiante de psicología por la UNED

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