¿Qué le pasa a la izquierda?

¿Qué le pasa a la izquierda?

De unos años a esta parte, sobre todo tras la crisis del 2008, los partidos de izquierdas han ido perdido fuerza paulatinamente. No solo en España, también en el resto de Europa este fenómeno es notable. La destrucción prácticamente absoluta de la socialdemocracia Griega con el hundimiento del PASOK hasta una posición siquiera testimonial. La incapacidad del SPD de ser poco menos que un socio de gobierno de la derecha cristiana alemana representada por el CDU, o la caída vertiginosa del PSOE en España, dan buena muestra de la situación poco menos que complicada de la izquierda socialdemócrata.

Por otro lado, la reacción de algunos partidos a la izquierda de la socialdemocracia, tampoco ha sido lo esperado. La gran decepción griega con Syriza, el lugar testimonial de DieLinke en Alemania, la práctica desaparición de la izquierda en Italia y el lugar de oposición y equilibrio en el que se encuentra Podemos, no invitan tampoco al optimismo. Tan solo Portugal ha demostrado que pueden existir alternativas de izquierdas en Europa.

Sin embargo, y dejando a un lado la situación descriptiva que en mayor o menor medida ya todos conocemos, la pregunta es ¿Qué le pasa a la izquierda?

La respuesta no es sencilla y desde luego no es unívoca. Una inmensa maquinaria cultural puesta al servicio de la ideología neoliberal y una izquierda incapaz de producir nuevos afectos; la desafección de la ciudadanía hacia las instituciones tras la crisis de 2008, la construcción efectiva de un imaginario de la recuperación, una izquierda que no sabe reconstruirse y volverse a pensar, la globalización del mercado, la destrucción de las estructuras estatal-nacional o la caída de la URSS como posibilidad de un otro, son seguramente factores fundamentales a tener en cuenta para responder a la pregunta, aunque seguramente, no  suficientes.

Unas de las polémicas actuales en el debate intelectual progresista, como defendió el otro día Zizek en el Circulo de Bellas Artes, gira en torno a la impotencia de la izquierda para articular un relato que ofrezca soluciones y alternativas. También el filósofo y sociólogo italiano Bifo, considera que el gran reto es ofrecen un relato que abra nuevas posibilidades a una izquierda política resignada a un lenguaje impuesto e incapaz de crear un lenguaje propio. La máxima de Jameson por la cual es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo, o en el mismo sentido, la sentencia de Bouaventura Do Sousa de que la izquierda tiene que ser capaz de pensar en un mundo más allá del capitalismo, y sobre todo de creer en él, dan buena cuenta de la profundidad de la crisis. La pregunta es ¿Qué está pasando?

Chantal Moufe y también Laclau consideran que toda política se constituye siempre reivindicando un universal totalizador. Sin embargo, en el caso de la derecha neoliberal se produce la paradoja de que justamente el universal invocado es la negación del mismo -de su razón de ser como universal-. Es decir, de la destrucción de la política, articulada como una división entre política y economía que se materializa en la negación de la utilidad de la primera, para reafirmar la eficacia de la segunda. En palabras de Zizek, el momento antipolítico o postpolítico.

Como señaló Bifo, pero también Zizek o Bourdieu, la palabra “gestión” seguramente sea el elemento central de esta universalización que la izquierda ha acabado integrando por aceptación u omisión en su discurso, destruyendo desde dentro la posibilidad misma de construir un verdadero relato emancipador. No solo porque produzca un imaginario en el cual gobernar un país es una suerte de jefatura de una empresa; es decir, una cuestión meramente mercadotécnica, sino también y fundamentalmente porque produce un imaginario en el cual gobernar es gestionar las demandas concretas, solucionar problemas más o menos particulares de sus representados -presentados ahora como clientes o usuarios-. Por supuesto, este concepto está perfectamente integrado en el imaginario de la gente, pero la izquierda parece haber renunciado a disputar este imaginario y a construir no solo mayorías electorales sino mayorías políticas.

Esta situación entronca además con dos distinciones que son fundamentales. La primera distinción es la que Bifo hace entre gobierno y gobernanza, y la segunda, la que realiza Ranciere entre política y policía. Donde hay política hay comunidad y por lo tanto gobierno, donde hay gobernanza hay gestión y, por lo tanto, individuos, sectores, demandas, colectivos y “ventanillas de atención al cliente”. El momento político es un momento de producción del común, de nombrar al demos. En palabras de Laclau, el momento populista, en el cual una parte concreta del pueblo, la plebs, se constituye como populus, es el momento en el que una multitud de demandas concretas se articulan en una cadena de equivalencias que al condensarse produce un lazo equivalencial real al que llamamos pueblo y que se articula siempre contra un otro. Para Zizek, igual que para Laclau, Gramsci o Ranciere es aquí, en este gesto de investidura radical, donde la izquierda se debe instalar y donde justamente la izquierda ha renunciado a instalarse. El proceso de la socialdemocratización de la izquierda desde la segunda guerra mundial, no sería otra cosa que un proceso paulatino de aceptación y asimilación de los términos del adversario, cuyo eje central sería el desplazamiento de la categoría de gobierno por la categoría de gobernanza, y por lo tanto el desplazamiento de la política por la policía y la economía, con la gestión como eje vertebrador de esta nueva forma de entender la política como “ventanilla de atención al cliente”.

Esta renuncia al gobierno y por tanto a la política con mayúsculas ha sido explicada de forma magistral por Laclau en La razón populista. Si decíamos antes que la política es siempre el momento constituyente de un pueblo, de nombrar al demos, y esta constitución se produce como lógica de equivalencias entre demandas frente a la lógica de diferencias, lo que esto significa es que para que la plebs pueda constituirse en populus deben existir tres ingredientes: demandas insatisfechas, una articulación entre éstas, y un antagonista producto de la insatisfacción contra algún elemento del statu quo; una frontera -casta vs pueblo, arriba -abajo, proletariado-burguesía etc.- que agrupe las demandas cristalizándolas.

Sin embargo, esta lógica está siempre tensionada entre dos polos, ambos imposibilitantes. En el primero, una de las demandas se autonomiza rompiendo la cadena de equivalencias entre demandas y por lo tanto apostando por una lógica de las diferencias inarticuladas. Podríamos pensar en las demandas de un movimiento feminista autonomizado y fuerte sin comunicación con las demandas raciales, o las demandas de los pensionistas o las mareas por ejemplo. En segundo lugar encontraríamos el caso contrario; una unilateralización de las demandas en una sola, lo que según Laclau acaba siendo inoperante. En nuestro caso español, estaríamos más cerca del primer momento que del segundo. En general, como Daniel Bernabé escribe en su último libro Las trampas de la diversidad, la ideología neoliberal vence fundamentalmente dividiendo, diversificando las identidades y en palabras de Laclau, individualizando y desarticulando las demandas en un maremagnum de puntos dispersos.

El resultado en cualquier caso es que la izquierda debe siempre situarse en el centro de esta tensión, permaneciendo en un constante equilibrio entre la tentación de la unilateralización fracasada de parte de la izquierda ortodoxa en la que había una única demanda justificable -la económica o material- y la conversión neoliberal de la política en gestión de demandas concretas -por muy justas que estas puedan ser- aceptada por la socialdemocracia en un proceso paulatino desde la segunda guerra mundial.

Lo fundamental queda dicho en pocas palabras por Laclau en La razón populista “Si la sociedad logra alcanzar un orden social de tal naturaleza que todas las demandas pudieran satisfacerse dentro de sus propios mecanismos inmanentes, no habría populismo, y, por razones obvias, tampoco habría política” y esto es justamente a lo que Bifo llama régimen de gobernanza; un régimen automático y mecánico de gestión y solución de las demandas que la izquierda parece haber aceptado con resignación. Y en campo del enemigo es muy difícil jugar.

Mientras la izquierda no renuncie a este lenguaje, a una concepción de la política como gestión de problemas y demandas concretas, como “ventanilla de atención al cliente”, particularizada y sectorializada, no será capaz de articularse como herramienta hegemónica o mayoritaria. Digo más, mientras la izquierda no aspire a constituir un relato totalizador hegemónico -político con mayúsculas- alternativo, una nueva posibilidad fuera de las lógicas economicistas y empresariales, la izquierda seguirá condenada a jugar en un terreno donde la derecha se siente cómoda, porque la derecha es principalmente gestora. Esa es su baza: la destrucción de la política; ese es su lenguaje.

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Filosofía
Educación
Filosofía en la UGR, máster de estudios avanzados en comunicación política por la Universidad Complutense de Madrid, diploma de especialización en marketing online por la UNED y estudiante de psicología por la UNED

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