Fortuna y virtud en el antimaquiavelo de Rajoy

Fortuna y virtud en el antimaquiavelo de Rajoy

Recuerdo que un día le escuché decir “A mi me gusta más andar porque si corres tienes más probabilidades de tropezarte” y también le escuché decir, en una rueda de prensa, hará unos dos años “A veces, no tomar ninguna decisión es la mejor decisión, que también es tomar una decisión”. Lo puedo imaginar: la isla de mármol de la cocina, un café y el Marca. El tic-tac del reloj de buena mañana y nada más. Rajoy pasando las páginas del periódico sin inmutarse; cómo si no fuese presidente de gobierno, como si no lo hubiese sido nunca. Así me lo imagino, alguien que nunca se supo político. Tal vez otras cosas sí, pero político no. O quizás alguien que supo que nada es tan importante; que nada merece realmente el enfado, que las cosas vienen y se van.

Pues ayer este señor, nuestro expresidente, dejaba no ya la presidencia de gobierno; no ya la presidencia del PP, sino también su acta de diputado, lo que supone su despedida definitiva de la política. Rajoy ha pedido volver al que era su oficio: registrador de la propiedad. Ni consultor, ni asesor de una gran entidad, ni IBEX35, ni telefónica, ni consejo editorial de un gran medio; a una consultoría; ese es Rajoy. Alguien, que repito, nunca se supo político -a veces dudo siquiera que le interesara- pero que lo era más que ningún otro. Lo era a su estilo, pero conocía mejor que nadie en qué consiste la política. Esa mezcla de un carácter estoico e impasible,  junto con un amor acérrimo por la tautología, daban buena cuenta de la forma de ser del político de la que podemos deducir su forma de entender la política. 

Nadie seguramente entendió mejor que Rajoy, por nacimiento o por aprendizaje, que en política lo más importante es aquello que Maquiavelo llamó la fortuna -la suerte-. Una fortuna que ha sido replicada después con diferentes metáforas  de corte meteorológico -la de una ola que hay que surfear, la de un “terremoto político”, etc.,- que dan buena cuenta del carácter contingente esencial a la política; lo que los analistas llaman “La coyuntura”. Sin embargo, lo importante de la fortuna para Maquiavelo es que puede ser gobernada; y en esta capacidad para el gobierno de la fortuna -saber surfear la ola que dirían algunos-, estriba esencialmente la virtud del político.

Esta forma de entender la política, que da poco margen de maniobra mas allá que el de aguantar cuando las cosas vengan mal y el de aprovechar cuando venga la ola buena, hizo de Rajoy un político que supo estar, con todos sus defectos, surfeando mejor que nadie las olas que le venían. Sin embargo, si bien es cierto que hay algo profundamente maquiavélico -en el buen sentido- en su forma de concebir la política -y supongo que la vida- también es cierto que hay algo profundamente antimaquiavélico en su forma de aplicar la virtud.

Para Maquiavelo “el príncipe que confía ciegamente en la fortuna perece en cuanto ella cambia”. Esta llamada a no permanecer quieto, a afrontar la fortuna, a gobernarla y enfrentarse a ella con más ímpetu que mesura, fue completamente invertida por el ahora expresidente. La virtud para Rajoy consistía en hacer lo contrario a lo que nos instaba el autor del príncipe: nada de ímpetu, nada de gobernar la fortuna. Lo que Rajoy nos enseñó es que para enfrentarse a la fortuna también valen las virtudes estoicas: la afasia (el silencio) y la ataraxia (la ausencia de agitaciones y pasiones). Nada representa mejor los años de Rajoy que estos dos principios que se pueden resumir en una máxima: “Ya pasará”.

Rajoy entendió que en política seguramente lo más importante es la coyuntura; donde a veces las cosas suceden de forma favorable y otras suceden de forma contraria. Y es justamente este carácter incontrolable e incontrolado -contingente- de la política el que Rajoy supo comprender mejor que nadie; y justamente esta constatación adquirió cuerpo político como precaución.

Nada es suficientemente bueno como para celebrarlo, ni suficientemente malo como para llorarlo. Esa fue la enseñanza estoica de Rajoy. Un hombre que supo que lo más importante en política son los tiempos; que las cosas pasan rápido, y que todo, sobre todo en este país, se acaba olvidando. Como muestra un botón que es este artículo. Otro día hablaremos de sus políticas, pero hoy queda reflexionar, desde la comunicación política, sobre un hombre que vuelve a ser registrador de la propiedad y que fue un hombre fuera de su tiempo; tranquilo en un mundo rápido, sereno en un país histriónico, estoico en un parlamento convulso.

Rajoy, un hombre tranquilo y cínico del que si algo tenemos que aprender es a surfear las olas, o mejor, del que tenemos que aprender que en política es fundamental poner las cosas en su sitio: que ni lo bueno es tan bueno ni lo malo es tan malo, y que nadie es lo suficientemente virtuoso e impetuoso como para gobernar del todo la fortuna; pero sobre todo, que permanecer quieto, ponderar, poner las cosas en su sitio, celebrar poco en la victoria y llorar poco en la derrota, es ya en si mismo una buena forma de gobernar la fortuna. O por lo menos lo fue hasta el último asalto, ahí le salió caro no haber tomado por fin una decisión, le salió cara su máxima de que no tomar una decisión ya es una decisión, o quizás lo sabía, sabía que a veces, simplemente, no se puede luchar contra la fortuna.

 

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Filosofía
Educación
Filosofía en la UGR, máster de estudios avanzados en comunicación política por la Universidad Complutense de Madrid, diploma de especialización en marketing online por la UNED y estudiante de psicología por la UNED

Please follow and like us:

Please follow and like us:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *