Establishment y antiestablishment: ¿Hacía un momento populista global?

Establishment y antiestablishment: ¿Hacía un momento populista global?

Corría el año 1981 y Ronald Reagan daba su primera conferencia de prensa que paso a la historia por presentarse ante la opinión pública, al contrario de su antecesor, Jimmy Carter, como un presidente fundamentalmente anticomunista. El comunismo era, para el cobwoy del neoliberalismo, una ideología que justificaba el crimen, la mentira y el terrorismo y con la que había que acabar. Reagan instauró así una tradición que se fue expandiendo por todo el mundo occidental o como ellos lo llamaron “el mundo libre”. Incluso después de la caída de la URSS y el muro de Berlín este era un discurso que se podía lanzar como un arma arrojadiza contra cualquier adversario político para hacerlo caer -sobre todo en EE.UU-

Desde el otro lado del poder, en la Iglesia, casi en paralelo a  Ronlad Reagan, Karlo Wojtyla era nombrado en 1979 nuevo Papa de la Iglesia católica con el nombre de Juan Pablo II;  conocido como el Papa que “se enfrentó al comunismo”. No solo sus encíclicas, también en sus declaraciones el fallecido Papa expresó su resistencia al comunismo. Tan solo un mes después de su elección como Papa visitó la ciudad italiana de Asís donde desafió a los comunistas mostrando su compromiso con las iglesias católicas perseguidas en Europa Central y del Este. Además, llegó a afirmar del comunismo, en una visita a México en 1979, que era “un error antropológico”.

Estos dos párrafos pueden ser pensados como dos fotogramas de una misma película. Cada uno en un lado del mundo, cada uno representando a sendos poderes fundamentales en el mundo occidental: la hegemonía estadounidense y del capitalismo por un lado y el poder de la iglesia por otro. La película que estamos viendo, o mejor, que estamos recordando, no es otra que la película del enfrentamiento ya de sobra conocido entre dos bloques; el bloque comunista representado por la URSS y el bloque del “Mundo libre” representado por EE.UU y sus aliados en el resto de Europa.

No podía ni pueden entenderse la política mundial sin la intervención de este enfrentamiento en el mapa de relaciones internacionales. Incluso en los conflictos claramente económicos en Oriente Medio el fantasma del comunismo sobrevolaba las guerras: había que liberar Afganistán del yugo del comunismo, lo mismo que en Irán. En el caso de la primera Guerra de Iraq o la segunda guerra de Iraq el fantasma del comunismo seguía atravesando los conflictos. Pero también en el conflicto de Siria vemos como se ha intentado polarizar el conflicto en torno a Al Assad, un peligroso dictador comunista que permite que las mujeres vayan sin velo y que los jóvenes puedan estudiar en la universidad y que está apoyada por Rusia, frente a los que vienen a liberar Siria de la tiranía del comunismo -nada se dice de los intereses geopolíticos de EE.UU y sus aliados europeos en Siria.-

Aunque todos sabemos ya que el único y fundamental interés de fondo, incluso durante la época de la guerra fría, era y fue el interés económico, lo importante es que no se podía movilizar a la población con un interés tan espurio y pagano como el económico, por eso era fundamental articular un discurso sagrado -cruzado- cuasi religioso, por el cual las guerras en realidad son y eran para liberar al mundo, para dejar un mundo en paz contra la tiranía del comunismo y en general de los enemigos de la libertad.

Sin embargo, algo se ha roto de un tiempo a esta parte. Si hasta hace no mucho el eco de la guerra fría seguía resonando en todos los conflictos internacionales, articulando discursivamente la geopolítica mundial, algo cambió seguramente desde el pasado 12 de Junio. ¿Qué paso?

El fotograma que tenemos que recuperar es más o menos este. Lunes en Singapur. Son más o menos de las 10 de la mañana, por lo menos allí, aquí es de noche. Donald Trump y Kim Jong Un se dan la mano después de más de medio siglo de amenazas nucleares y de avisos de guerra y se sonríen. El último y más cerrado de los regímenes comunistas y los EE.UU acercan posiciones, conversan y hasta bromean. Y no solo esto: el presidente Donald Trump declaraba hace dos años sobre el presidente de Corea del norte “Uno mira a Corea del Norte y ve a este señor, que es un maníaco, pero también hay que darle crédito: cuándo un joven, porque tenía 25 o 26 años cuando murió su padre, se impuso a un grupo de generales tan duros. Es bastante impresionante cuando se analiza. ¿Cómo lo logro? Se hizo cargo, es el jefe y eso tiene mucho merito” Y no fue el único, también se atrevió con un viejo enemigo de la política internacional estadounidense, el presidente de Rusia, Vladimir Putin del que dijo que era un hombre “talentoso y brillante”, halago que le fue devuelto semanas después por su homologo.

En el otro lado del mapa, más cerca de Europa, unos días antes, un 5 de Junio para ser más precisos, el nuevo Papa Francisco -jesuita declarado- pronunciaba una homilia ofrecida a más de 200.000 fieles en el Vaticano en la que reconocía que ser cristiano es fundamentalmente acordarse de los más pobres. Además se atrevió a atacar duramente la cultura del desperdicio y del consumismo que el capitalismo ha instaurado y que convierte todo, incluidos los seres humanos, en objetos desechables.

Desde luego si quisiésemos rodar una película con estos dos fotogramas ya no podría ser la misma película que habíamos dibujado al principio. La pregunta es ¿Cuál es esta nueva película?

La respuesta no es en absoluto fácil, ni tampoco unívoca, pero me atrevo a ensayar un nuevo mapa más o menos complejo. Si antes de la caída de la URSS, el enemigo claro del mundo libre era el comunismo, tras la caída de la URSS y del muro de Berlín, los autodenominados defensores del mundo libre ya no tenían un enemigo claro. Hunttington, intelectual y asesor de Bush, llegó a escribir, desde un profundo sentido dialéctico y teleológico, que la caída del muro de Berlín suponía el fin de la historia escenificada como el triunfo del capitalismo sobre el resto de alternativas.

Sin embargo, a pesar de esta tesis del todo polémica, la historia por supuesto sigue, eso sí, ha cambiado profundamente. Si durante un tiempo de stand by pareció que el enemigo era el musulmán, o más concretamente, el terrorismo islamista que habría querido acabar con el mundo occidental y cristiano, ahora parece que el eje de la política internacional ya no tiene que ver tanto con la dialéctica entre capitalismo y comunismo, incluso entre izquierda y derecha, sino entre los que son el estatu quo y los que se enfrentan a él. Claro que esto supone desdibujar los límites de la política tradicional. Ya no es necesariamente la derecha la que se posiciona con el estatu quo y la izquierda la que se enfrenta a él, sino que va más allá. En un mundo en el que los estados nación han perdido y parecen perder cada vez en mayor medida su espacio de soberanía política frente a un mercado internacional sin reglas, sin alama y sin rostro que algunos llaman globalización y otros globalismo, surgen ahora movimientos -llamemoslos o no populistas- que desafían la globalización, que se enfrentan a ella y que apuestan por seguir defendiendo la soberanía de los estados.

Hace unos días conocí a un chico Tejano, Mateo, que, en un momento, preguntado sobre a quién había votado me contestó “yo voté a Trump, no me gusta los que hace con los inmigrantes, pero por lo menos defiende a América y se enfrenta al Stablishment” Esta idea, que da igual que sea verdadera o falsa, es también la que conectaba a Berni Sanders con Trump frente a Hillary. Cada uno a su manera ponía en cuestión el establishment, el estatuquo. Y es seguramente en este contexto en el que podemos entender no solo la reunión de Trump con Kim Jong Un y sus halagos, sino también los halagos al presidente de Rusia, Vladimir Putin. Podríamos decir de forma provocadora que en la política, cada vez en mayor medida, el eje articulador de facto no es ya quién es de izquierda y quién de derechas, quién defiende a los ricos y quién a los pobres, sino más bien, quién defiende al estatuquo y quién se enfrenta a él. En este momento quizás podamos hablar de un momento -o clima- populista mundial en el que se están reordenando los ejes y las relaciones. Es en este sentido en el que podemos entender las extrañas alianzas entre Venezuela, Irán, Rusia y Siria, pero también las nuevas relaciones entre EE.UU, Rusia y Corea del Norte.

Sin duda, estamos en un momento de reorganización del orden mundial donde queda por ver como quedarán configuradas las nuevas relaciones de fuerza. Algo se está apuntando en los últimos tiempos. La reunión de Donald Trump y Kim Jong Un, pero también la aparición de un Papa que se posiciona en muchas ocasiones contras las lógicas que alimentan el mercado mundial y al capitalismo, más la aparición de toda clase de movimientos nacionalistas y populistas, dan buena cuenta del momento de reestructuración en el que estamos inmersos. Y soy consciente de que no es riguroso académicamente hablar de un momento populista global, puesto que el populismo, según la academia, se circunscribe fundamentalmente a lo nacional-popular. Sin embargo, es cierto que la política está cada vez más globalizada, pero la rendición de cuentas se sigue haciendo ante los electores de cada país. En este sentido deberíamos entender como síntoma, aunque no como diagnóstico, que Donald Trump se pueda reunir con Kim Jong Un y halagar a Putin y que eso no le pase factura entre sus votantes. Habrá que preguntarse qué mensaje quería mandar Trump al establishment Occidental, desde dónde se está leyendo en los últimos tiempos la política, desde dónde la leen los votantes de Trump. Sin duda no desde el eje derecha/izquierda o desde el eje “Mundo libre/comunismo”.

Sin que este artículo pretenda ser más que un indagación, un ensayo de una idea y no una respuesta, sí creo que deberemos preguntarnos qué es lo que ha hecho posible que Trump se pueda reunir con el dictador Coreano, que pueda atreverse a halagar a Putin, que se atreva a enfrentarse al G7 o que cuestione el CETA. Pero sobre todo, que esto no le cueste caro entre sus votantes -cosa impensable hace tan solo 20 años-. La pregunta fundamental es ¿Qué mensaje quiere mandar Trump y a quién? Las preguntas colaterales serían ¿En qué clave debemos entender ahora la política? ¿En qué clave la están leyendo los votantes de Trump en particular? ¿Y los votantes en general? ¿Qué ha cambiado entre los discursos de Reagan o las homilias del primer Papa, y las nuevas relaciones del presidente de los EE.UU y de las homilias del papa actual? ¿Cuáles son los nuevos ejes articuladores de la política? ¿Podríamos estar hablando de una clase de momento populista mundial que se articule como una respuesta al mercado global y al Stablishment? ¿Cuál debe ser entonces la estrategia comunicativa?

 

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Guido Ohlenschlaeger Gómez

Filosofía
Educación
Filosofía en la UGR, máster de estudios avanzados en comunicación política por la Universidad Complutense de Madrid, diploma de especialización en marketing online por la UNED y estudiante de psicología por la UNED

Please follow and like us:
Please follow and like us:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *