¿Qué sucede con la Comunicación Política de Unidos Podemos en materia de violencias machistas?

¿Qué sucede con la Comunicación Política de Unidos Podemos en materia de violencias machistas?

Simone de Beauvoir, El segundo sexo (1949): “Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. Solo la mediación ajena puede convertir un individuo en Alteridad”.

La viralización de las fake news es una constante. Con las nuevas tecnologías, la desafortunada práctica se ha convertido en rutinaria y los profesionales de la información, amparándose en la primacía de la actualidad, la utilizan en su provecho y hacen de ella un arma de doble filo. No obstante, la información que nos ocupa es la que se generó tras la Proposición de Ley de Protección Integral de la Libertad Sexual y para la erradicación de las Violencias Sexuales, presentada por el Grupo Parlamentario Confederal de Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea. En la interpretación reproducida por numerosos medios, se decía que la formación política pretendía prohibir los piropos por la calle. Una vez llegados a este punto y ante las diversas polémicas generadas desde el partido ante su posicionamiento con respecto a las cuestiones relacionadas con igualdad y violencias machistas, surge la duda: ¿Qué sucede con la Comunicación Política de Unidos Podemos en materia de violencia de género?

Sin ir más lejos, al consultar los programas de los cuatro partidos con mayor representación parlamentaria en la campaña del año 2016, se ha podido comprobar que para el Partido Popular, PSOE y Ciudadanos, la lucha contra la violencia de género se sitúa en un plano diferenciado con respecto a la lucha por la Igualdad. Es decir, la violencia de ‘género’ –definida así por los tres- cuenta con una sección propia dentro de sus respectivos programas. Cuando profundizamos en ellos, nos damos cuenta de que, en el caso del PSOE, se opta por una ampliación de la Ley 1/2004, del 28 de diciembre, impulsada por el mismo partido; mientras, el Partido Popular se centra en el mediático ‘gran acuerdo social’ y en medidas de prevención con campañas de sensibilización, ‘refuerzo de las redes de centros de acogida’ e ‘itinerarios de empleabilidad’ –porque sí, el empleo, a juicio de este partido, es una herramienta imprescindible en la lucha por la Igualdad-. En la misma línea, Ciudadanos –con tan solo siete medidas y dentro de lo que denominan como ‘Pacto nacional contra la violencia de género’- alude a un ‘Plan Nacional de Sensibilización y Prevención’ y a conceptos abstractos como ‘dotar lo suficiente’ las partidas presupuestarias destinadas a la erradicación de dicha lacra.

Los partidos políticos y los medios de comunicación nos tienen acostumbrados al concepto ‘violencia de género’ y a las soluciones atendiendo a la punta del iceberg. Campañas de sensibilización, mayor apoyo a las víctimas y a los menores pero, ¿qué es exactamente la violencia de género y de dónde proviene? Atendiendo a la definición de la ONU, en la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer del año 2003, violencia de género es “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”. Sin ir más allá, aquí es donde tiene cabida la Proposición de Ley.

En este sentido, si se analiza la interpretación de Unidos Podemos en su manifiesta comunicación, lo primero que se percibe y que resulta significativo es que no se refieren a dicha violencia contra las mujeres como una cuestión de ‘género’ ni individual, sino social. De hecho, no le llaman violencia de género; le llaman violencia(s) machistas. ¿A qué se debe? A que, en su interpretación y consecuente comunicación, se pretende transmitir que se trata de una cuestión estructural, basada en una ideología de dominación transversal que se ejerce sobre individuos en posición de inferioridad y que se sustenta por lo que se denomina como el patriarcado. Por cierto, concepto tabú para las formaciones más conservadoras.

A saber, citado por Lombardo & León (2015), el impulso de las políticas de igualdad y sociales ha venido de la mano de una visión política socialdemócrata y de un proceso de Europeización. En España, los grandes avances en materia de igualdad han venido de la mano de formaciones progresistas. En el 82, con la llegada del PSOE al Gobierno, cobra importancia la agenda de género. En el 83, se crea en el Instituto de la Mujer. Más tarde, en el 2004, somos partícipes del Gobierno paritario de Rodríguez Zapatero.

En este contexto, es necesario destacar un concepto que cobra importancia: el mainstreaming de género, que consiste en tomar el principio de igualdad entre ambos géneros y convertirlo en una cuestión transversal que esté presente en todas las acciones y políticas públicas. En España, en el artículo 9.2 de la Constitución se habla de que los poderes públicos están obligados a luchar contra los obstáculos que impidan o dificulten la integración social de las personas. Pero, ¿se ha seguido este ‘mandato’? La respuesta es no. El problema es que, históricamente, se ha perpetuado y normalizado la teoría de que la violencia de género es una cuestión que responde, únicamente, al daño físico o psicológico sobre algunas mujeres. No se ha entendido que estamos ante una violencia estructural, que se manifiesta en todos los ámbitos de la vida cotidiana y que atiende a un modelo patriarcal y a una socialización que es sustento de él. En palabras de Amorós (1990) estamos ante la ‘mujer pública’, es decir, aquella que está inmersa en una sociedad patriarcal y que, no perteneciendo a ningún varón en concreto, pertenece a todos.

En su momento, la Ley 1/2004, de 28 de diciembre, fue pionera en Europa. Se trató de la primera que incluyó la garantía de los derechos de las víctimas y otros aspectos como la socialización, la educación y el ámbito sanitario, a pesar de que, en parte, no se han llevado jamás a la práctica. En lo que nos ocupa, desde Unidos Podemos se habla de un nuevo marco normativo para distintas violencias: esto es, poner más énfasis en el ámbito educativo y en la socialización, es decir, atajar el problema desde la raíz. En este sentido, si se observa el programa de dicha formación política, no existe -a diferencia de los demás partidos- una sección dedicada a las violencias machistas en sí. ¿Por qué? Porque se entiende que la igualdad es la prevención en sí contra dicha lacra. Por ello, ambos se sitúan en un mismo espacio. Estamos hablando de una cuestión transversal y estructural, y por lo tanto no existe motivo para que los conceptos sean tratados de manera independiente. O sí, puesto que es evidente que deconstruir el modelo en el que nos asentamos es una cuestión ya no solo compleja, sino también de ejercicio de humildad. Y muchos no están dispuestos a renunciar a sus privilegios.

Desde Unidos Podemos se habla de ampliar la Lo 1/2004, de 28 de diciembre, incluyendo una mayor formación en cuestiones de género desde las primeras etapas educativas. Integrar contenidos sobre educación sexual en igualdad, atender a la publicidad ilícita basada en estereotipos de género y prestar atención a los medios de comunicación, que cuentan con profesionales que no están formados en igualdad y que transmiten constantemente estereotipos y mitos producto de una lacra que no solo nos hace más infelices, sino que además nos mata. ¿Por qué se atiende a la socialización y a la educación desde Unidos Podemos? ¿Por qué no se implementan materias desde la Educación Primaria potenciando la formación de nuestrxs hijxs en igualdad? Porque no interesa. Los recortes en las partidas presupuestarias, al final, son una simple excusa.

La educación y el aprendizaje deben actuar como elementos esenciales en la adquisición de un conocimiento crítico que logre integrar todas las manifestaciones y expresiones de la violencia para dar una respuesta apropiada a cada una de ellas, y, así, hacer de todo el proceso algo natural que permita ir incorporando los nuevos valores a través de la socialización en igualdad (Llorente, 2007. Desde el mismísimo azul y rosa, los mandatos de género determinan las características que estamos llamados a representar: las mujeres, sensibles y dóciles; los hombres, exitosos y fuertes. Luego, llegará el mito del amor romántico, que nos dictará que el Príncipe Azul sea la ‘quintaesencia de la felicidad’, que diría Coral Herrera, y dejaremos a un lado nuestros anhelos, para dedicarnos en cuerpo y alma a ser madres, esposas y cuidadoras. Todo en una. Por ello, resulta tan importante comprender de dónde vienen nuestros comportamientos y el porqué de la distribución de roles. ¿Cómo vamos a entender el sentido del reconocimiento de las familias monoparentales o el de todas las realidades familiares, así como la propia determinación sobre el embarazo, si no somos conscientes del modelo patriarcal que nos determina? ¿Cómo vamos a comprender la implantación laboral máxima de 35 horas semanales para impedir que los hombres se libren de los cuidados si no entendemos que han sido las mujeres, históricamente, las que han estado relegadas al ámbito privado y las que se han ocupado de la crianza de lxs hijxs? Eso, también es violencia.

¿Cómo no vamos a creernos que nos digan que se van a prohibir los piropos en la calle? Así, sin contexto. Hace unos meses, al observar los datos extraídos de una investigación propia, me percaté de que al cruzar la variable ‘autoubicación en la escala feminista’ –siendo 0 nada de acuerdo con el ideario feminista y 10 completamente de acuerdo con él- con la variable ‘medidas políticas de Unidos Podemos y del Partido Popular’ en materia de violencia de género en la campaña del año 2016, la gente que se definía como más feminista, decía estar más de acuerdo con las del partido conservador y menos con las de la formación morada. Sin embargo, cuanto más hacia la izquierda se situaban lxs encuestadxs, mejor valoraban las medidas de ambas formaciones. Además, eran los votantes de Unidos Podemos los que mejor percibían las medidas contra la violencia de género. Entonces, ¿Qué es lo que está sucediendo?

Más allá de los programas de los partidos y de su comunicación política, completamente necesaria, no existe formación en igualdad desde las etapas más tempranas. Nos han socializado atendiendo a unos roles que hemos ido interiorizando como verdades absolutas y naturales, y solo legislando, educando y deconstruyendo podemos cambiar el rumbo de los acontecimientos. Definitivamente, la lucha contra las violencias machistas no es, a pesar de lo que se exprese en la literatura, una cuestión de Estado. No todos los partidos políticos le dan la misma importancia, ni enfocan la lacra desde la misma perspectiva. Es una lucha de la izquierda que no ha podido –o sabido- gestionar bien del todo.

La gente todavía no ha comprendido que las violencias machistas no son el resultado de la violencia ejercida por parte de un hombre concreto. Mucho menos, la víctima es una mujer aislada. Víctimas somos todas, inmersas en una sociedad en la que sufrimos las múltiples violencia(a): física, psicológica, sexual, económica. Ellos tienen el poder y nosotras seguimos luchando por conseguirlo. Por eso, las violencias sexuales son una cuestión social. Por eso, agresión y abuso sexual pasan a considerarse “delito de agresión sexual”, siendo este “toda violencia física no consentida”. No, no se trata de que se prohíban los piropos en la calle, se trata de condenar el acoso callejero. Se trata de que una mujer, caminando a altas horas de la madrugada, raramente generaría una situación intimidatoria a un hombre. ¿Y al revés? Las calles no nos pertenecen, porque estamos en situación de inferioridad producto de la sociedad patriarcal y de la distribución de roles. Y por ello, caminamos con miedo, sin ninguna necesidad de que nos persigan o nos hagan comentarios que ni queremos, ni pedimos.

Decía Bourdieu (2000) en La Dominación Masculina que el universo burocrático y el ámbito mediático conducen a “derribar la imagen fantasmal de un ‘eterno femenino’, para resaltar con mayor claridad la persistencia de la estructura de la relación de dominación entre los hombres y las mujeres, que se mantiene más allá de las diferencias relacionadas con los momentos históricos y las posiciones en el espacio social”. Cabe la duda de si contribuirán a derribar, pero si algo queda claro es que, ante una cuestión como las violencias machistas, no existe margen para el morbo, ni para interpretaciones desafortunadas. Necesitamos más formación: en la escuela, en el hogar, en la Administración Pública y en todos los ámbitos que contribuyan a la formación de todas las personas, mujeres y hombres, que conforman nuestra sociedad. Necesitamos -atendiendo al mandato del mainstreaming y recogido, por poner como ejemplo, en las medidas de Unidos Podemos- implementar la perspectiva de género en las instituciones de la Administración General del Estado. Necesitamos más formación en igualdad: en nuestros medios de comunicación y en la publicidad. En definitiva, en todo el entramado social. Necesitamos más concienciación ante la lacra que acaba con la vida de las mujeres por el simple hecho de serlo. Y necesitamos, también, una comunicación política en los partidos y en los medios de comunicación que se centre en qué consiste la violencia de género desde la raíz. Y que sea una constante, que llegue a la gente. Necesitamos socialización en igualdad y para ello, necesitamos del compromiso de todas y de todos.

 

Tania Brandariz Portela

Tania Brandariz Portela

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