El amor romántico y otros cuentos que sustentan la violencia machista

El amor romántico y otros cuentos que sustentan la violencia machista

Hubo una vez hace mucho, mucho tiempo, una joven muy bella. De hecho, era tan bella que no existían palabras para describirla. Así comienza el cuento de la Cenicienta, en el que se nos muestra a una joven de la que, lo único que se destaca de principio a fin, es su belleza y docilidad.

A nuestras niñas se les enseña, desde pequeñitas, que el éxito social vendrá determinado por el valor que le de un hombre y por eso, su aspecto físico tiene que ser siempre perfecto, estándar e incuestionable. Sí, en nuestra sociedad es más importante lo guapa que sea una mujer -por lo menos si quiere triunfar- que otras cuestiones trascendentales como su educación, valores o inquietudes, es decir, lo que valga personal y profesionalmente.

“Los hombres tienen que ser valientes, fuertes y pueden canalizar su ira a través de la violencia; las mujeres, dóciles, pasivas y dedicadas al cuidado”

En este sentido, es imprescindible comprender el concepto de Mandatos de género, enunciado por Marcela Lagarde, en el que los roles -masculino y femenino- son la característica diferenciadora. Los hombres tienen que ser valientes, fuertes y pueden canalizar su ira a través de la violencia; las mujeres, dóciles, pasivas y dedicadas al cuidado -del hogar, de las personas-. La Cenicienta y su entorno nos transmiten todo eso. Nuestra princesa es bella, no tiene ambiciones -más que el mágico amor- y vive rodeada de una madrastra cruel y despiadada que tiene dos hijas, según nos dice el cuento, muy feas.

El patriarcado nos dicta que debemos competir entre nosotras y -no siendo suficiente- nos explica que  tenemos que odiar a las demás por ser más guapas, más inteligentes o ‘mejores’. La madrastra de Cenicienta la despreciaba porque era más guapa que sus hijas y esto podía conllevar la pérdida del todopoderoso amor para ellas.

“La misoginia entre nosotras no nos permite disfrutar de las relaciones: ni con las mujeres ni tan siquiera con los propios hombres”

La misoginia entre nosotras no nos permite disfrutar de las relaciones: ni con las mujeres ni tan siquiera con los propios hombres. En los cuentos, como el de Cenicienta, las mujeres no pueden ser guapas e inteligentes a la vez -o solo una de las dos sin estar contaminada de estereotipos- porque se plantea la eterna dicotomía: o es guapa, está muy triste y todo el mundo la desprecia o es fea y también, mala malísima.

Cenicienta tampoco tenía amigas y por si fuese poco, estaba restringida al hogar. Esto es lo que nos ha inculcado el patriarcado: tenemos que estar en casa, como si las labores que allí se desarrollan fuesen patrimonio nuestro. Cenicienta fregaba el suelo, limpiaba el carbón y la ceniza de la chimenea. Mientras, el príncipe vivía en un castillo buscando a su amada.

Por cierto, queda clara otra cuestión: el ámbito público -es decir, el del poder- es para ellos. Nosotras, como siempre, en casa, y mucho mejor si no cuidamos nuestras redes sociales y estamos solas y deprimidas. Así estaba nuestra Princesa, a la que solo el amor de un Príncipe Azul  -héroe, conquistador y a veces hasta Don Juan- la salvaría de todas sus tristezas, miedos e inseguridades.

“Un baile en el que el maravilloso Príncipe escoge a una Princesa. Porque la escoge él, por supuesto”

Y llega el baile. Un baile en el que un maravilloso Príncipe escoge a una Princesa. Porque la escoge él, por supuesto. Las mujeres tienen que esperar a que las elijan, no lo hacen ellas, si bien es cierto -y menos mal- que cada vez más toman la iniciativa. Aquí entra en juego, de nuevo, el mito del amor romántico que tanto daño hace a nuestras relaciones amorosas y que supone, en muchas ocasiones, el sustento de la violencia machista que ha acabado ya, en lo que va de año, con la vida de 89 mujeres.

Desde los orígenes -situados en el amor cortés- se nos ha dictado que el amor tiene que ser para toda la vida, exclusivo, incondicional y que para que triunfe, debe existir un alto grado de renuncia. Pero lo cierto es que el emparejamiento no es algo natural ni universal. Y tampoco lo puede todo. No, por nuestra ‘media naranja’ no debemos esforzarnos -ni permitir- más.

“Luchar hasta cansarse, hasta perder las fuerzas”

Después de mucho esfuerzo y de recorrer -con un zapato en la mano- el mundo si hace falta, el Príncipe encuentra a la Princesa, tratada como una esclava en el hogar. Y es que el masoquismo del amor romántico también es eso: luchar hasta cansarse, hasta perder las fuerzas. Por ‘amor’.

Cenicienta, nos dice el cuento, no volvió nunca más con su madrastra y vivió feliz en el palacio hasta el último de sus días. Aquí, otro mito: el amor para toda la vida a través del matrimonio y con él, la exclusividad. ¿Y qué pasa si la Princesa se cansa, si decide no continuar en una relación que en un principio parecía ir bien pero que, resulta, no la hace feliz? ¿Y qué sucede si el Príncipe Azul no lo es tanto? El enamoramiento -que no el amor- puede llevarnos a múltiples confusiones. ¿Debemos soportar relaciones en las que no somos felices?

Amor y relaciones de poder

La respuesta es claramente no. No necesitamos -ni queremos- hombres que nos digan lo que hacer. No queremos chantajes, ni restricción de nuestra libertad. No queremos violencia. El amor no puede basarse en las relaciones de poder y por lo tanto, no podemos concebirlo como una jerarquía en la que el hombre se encuentra por encima y la mujer por debajo. Las relaciones tienen que basarse en el tú a tú, en el respeto, el cariño y la igualdad porque solo así, evitaremos la posterior violencia física, sexual, económica, simbólica o incluso social.

Cenicienta no era una mujer feliz, y lo peor es que solo logró serlo cuando la encontró el Príncipe que la salvó de la madrastra y de sus hijas, de la pobreza -porque sí, las mujeres somos más pobres- pero sobre todo, de la soledad. Para el patriarcado, las mujeres no podemos estar solas porque este revolucionario acto podría suponer una emancipación y autoestima feminista que no le interesa nada. Que no nos engañen. Podemos salvarnos a nosotras mismas queriéndonos mucho -y bien-, con nuestra red afectiva y nuestras metas. El amor no nos debe hacer renunciar a todo aquello que nos hace felices. Por eso es tan importante no caer en un amor que parece darnos la vida y que, tantas veces, nos la acaba quitando.

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