El elefante que compartimos: seguridad y orden contra el fantasma del neoliberalismo.

El elefante que compartimos: seguridad y orden contra el fantasma del neoliberalismo.

Cada generación se cree llamada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá rehacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”

Albert Camus

Escribió Lakoff en No pienses en un elefante que existen dos metáforas esenciales para pensar la disputa política. Por un lado, tendríamos la metáfora del padre estricto, que representaría a la derecha, y por otro lado tendríamos la metáfora del padre protector que representaría a la izquierda. Cada metáfora tendría asignados unos marcos que serían evocados en su enunciación. El marco principal de la derecha sería el orden y la seguridad, el de la izquierda sería el cuidado y la protección.

Sin embargo, cabe cuestionar que estos dos modelos sean los únicos, incluso, cabe, observando los cambios estructurales que se están produciendo, rehacer los modelos e incluir otro: el modelo del No-Padre. En primer lugar, porque han cambiado las estructuras familiares y pedagógicas. Si los modelos del padre estricto y el padre protector fueron durante el siglo XX los marcos morales dominantes, se han abierto paso todo tipo de pedagogías alternativas que ponen la libertad y autonomía del individuo en el centro. En la mayoría de los casos impulsadas curiosamente por sectores progresistas.

Seguramente desde mayo del 68, aquella revolución de la vida contra el capital vino sin quererlo, como afirmó Slavoj Zizek, a impugnar parcial, aunque inconscientemente, el pacto capital-trabajo. Lo que la revolución puso de manifiesto fue la necesidad imperiosa de los individuos no explotados laboralmente hablando, de hacer su propia revolución para poner la libertad y la vida del individuo en el centro.

Efectivamente, a lo largo del tiempo, esta revolución produjo en su contraparte un “Nuevo espíritu del capitalismo” como lo renombraron Chiapello y Bolantski en la obra con el mismo nombre, que se habría readaptado a esta nueva circunstancia. Así, no es de extrañar que la liberalización y flexibilización de la economía, junto con el surgimiento de nuevos sujetos económicos y políticos (principalmente el del empresario o el autónomo) auspiciados por un proceso de desindustrialización y financiariación de una economía especulativa, hayan venido acompañadas de la mano con teorías y prácticas “emancipadoras” en la mayoría de los casos, paradójicamente, provenientes de la izquierda progresista. No debemos olvidar aquel grafiti pintado en un muro en París que rezaba “Abajo las estructuras”.

No es baladí traer esta pequeña digresión a colación. De lo que se trata es de mostrar que un nuevo mundo viene naciendo y con él nuevos modelos de sujetos, de estados y de familias. El neoliberalismo, como han puesto de manifiesto numerosos autores, no trabaja solo conquistando la economía, sino conquistando fundamentalmente las mentes. El nuevo capitalismo genera toda una serie de metáforas y estructuras mentales, muchas veces indetectables, que son el motor de su funcionamiento.

Una de estas grandes metáforas, puestas de manifiesto por autores como Ranciere, Zizek o Laclau o Mouffe, es la que entiende la política como gestión. En palabras de Zizek, la era pospolítica. Es decir, la política ya no se ocupa y preocupa de los grandes relatos, tampoco de los relatos en general, ni si quiera se ocupa de las ideologías en un sentido estricto. La política se encarga, como si de una ventanilla de atención al cliente se tratase, de gestionar las demandas concretas de los distintos sectores.

La economía va desplazando del espacio a la política. Ya no se trata tan solo de la división anunciada entre otros por Bourdieu, entre política y economía, sino que, más allá, la economía sustituye poco a poco a la política, tanto fácticamente como epistemológicamente. La política se adapta y readapta al lenguaje de la economía, pero no sólo la política, nosotros mismos utilizamos el lenguaje de la economía para referirnos por ejemplo a nuestros propios sentimientos. Quien no ha oído alguna vez aquello de “Aprender a gestionar los sentimientos”. Somos también parte de esa fábrica de mentes que piensan reproduciendo los mecanismos inconscientes de la nueva estructura económica neoliberal.

La segunda gran metáfora es la del “Individuo libre” el “Empresario de sí mismo”. Aquí autores como Bobbio, Jorge Moruno, Zizek, Byung Chul Hang o Germán Cano han puesto de manifiesto cómo actúan estas nuevas metáforas en nuestra psique, determinando nuestro comportamiento en sociedad. Esta metáfora pone al individuo en el centro y lo hace responsable de todos sus males. Lo ensimisma en sus propios éxitos y fracasos que ya es incapaz de colectivizar. El narcisismo en un extremo y la depresión en otro serían dos caras de la misma moneda. Son síntomas, como escribe Byung Chul Hang, que dan cuenta de la incapacidad de salir de nosotros mismos, de sentirnos parte, para bien o para mal, de un común.

Arroja mucha luz a este debate el movimiento histórico que describe Lazzarato desde la figura del “Pobre” al “Loser (fracasado)”. La diferencia entre ambos estriba justamente en que el pobre es capaz de hacerse sentir parte de una comunidad de iguales, de exteriorizar su situación y compartirla para transformarla en rabia o en empoderamiento -condición de posibilidad de toda revolución que quiera ser-, mientras que el fracasado carga toda la responsabilidad contra sí mismo como culpa, frustración o depresión. El sindicato se sustituye ahora por el psicólogo. Como prueba un botón. El otro día un buen amigo me contaba que llevaba tres años trabajando en curros de mierda y que estaba “un poco depre” y pensaba, por ende, ir al psicólogo. Decía sentir que no era capaz de salir del agujero. Yo le espeté que fuese al sindicato y denunciase. Él me contestó: “Los sindicatos no sirven para nada”. Lo que esta anécdota pone de manifiesto es la imposibilidad de pensar y de creer en un colectivo, un común, que es precondición de la política misma.

La tercera metáfora es, y aquí volvemos al principio de nuestro artículo, la de un nuevo modelo de familia. Los modelos del padre estricto y protector que antes se enfrentaban como opuestos -se daba por hecho que el padre tenía que estar y que el hijo debía ser de alguna u otra forma guiado y protegido, la diferencia estribaba en el cómo- ahora hay que sumarle una nueva metáfora que impone la era pospolítica del neoliberalismo. La metáfora del No-padre. El niño tiene que hacer, ya desde pequeño, su propio camino. No se le puede castigar, no se le puede negar, no se le debe enseñar, es él el que tiene que aprender.

El No-Padre, por supuesto, viene a impugnar en primer lugar el orden moral mismo: “¿Por qué hace falta un padre?”, pero en general viene a impugnar el orden existente: los estados nación, el estado social, las leyes proteccionistas etc. Deja al individuo a su aire y a su libre albedrío. Los modelos familiares son impugnados porque oprimen. Esto desplaza todo el mapa que dibujo Lakoff en No pienses en un elefante. Si una de las leyes era no utilizar los términos del enemigo, que en aquel momento eran los del modelo del padre estricto, hoy esta máxima ya no vale. Ambos modelos han sido desplazados por el modelo del No Padre, por el momento pospolítico. La gestión ha sustituido a la política. Por tanto, ambos modelos se comienzan a articular en un mismo discurso que en el nivel moral es prácticamente indistinguible justamente por configurarse como un modelo moral. Ambos tienen que defender ahora el orden y la seguridad frente a un modelo que desordena y produce caos.

Justamente nuestra época está marcada por la incertidumbre, por la cada vez mayor carencia de seguridades. No sabemos si vamos a llegar a fin de mes, no sabemos si tendremos paro, no sabremos si nos harán un contrato, no sabremos si cobraremos las pensiones, o si en un futuro tendremos que pagar por los medicamentos. Frente a esto, la metáfora del No Padre dice: “Sí, esto educa a los individuos, los hace fuertes, los hace responsables de sus propias decisiones”. Los dos modelos restantes dicen: “No, esto desestabiliza, hacer perder el rumbo. Al hijo se le debe poder castigar, se le debe proteger, se le debe dar certezas, educar y enseñar”. Por eso ganan hoy elecciones los que garantizan la seguridad y el orden. Por eso gana Bolsonaro en Brasil, Trump en EE.UU y Salvini en Italia. Los tres ponen al estado nación por delante. Los tres ponen a los propios por delante de los extraños. Ofrecen protección y seguridad. En el caso de Brasil, frente a la violencia descontrolada en las calles, y contra la corrupción y la inseguridad de la izquierda. En Italia, Salvini asegura el orden y la seguridad frente a las políticas de austeridad y los extranjeros. En EE.UU Trump asegura el orden y la seguridad frente a los inmigrantes, y frente a un orden mundial extractivo que deslocaliza y hace perder soberanía a los estados. Esto es, la globalización.

La gente desea respuestas autoritarias y securitarias porque tiene miedo y se sienten desamparados. La izquierda seguramente tenga que jugar este juego. No obstante, es peligroso en la medida en que las respuestas securitarias son meramente defensivas, de supervivencia. En el fondo no deja de ser una respuesta que reclaman cada uno de los individuos para sí mismo, pero no se articula necesariamente en una fórmula colectiva, en un nosotros. Necesita seguridad quien tiene miedo. El miedo monologa, la esperanza dialoga. 

Sin embargo, donde existe la posibilidad de pensar en el nosotros, en un proyecto colectivo, hay esperanza, quizás rabia, pero también hay alteridad y exterioridad. La seguridad es ensimismada, proviene del miedo y no es capaz de construir un proyecto, tan solo de defenderse. Donde solo existen individuos en riesgo, hay miedo e inseguridad, y por lo tanto reclaman un mesías. La izquierda puede, repito, jugar este juego, pero cabe la posibilidad que sea a costa de resignarse a la imposibilidad de pensar en un proyecto común.

La campaña Mee Too en la que miles de mujeres contaron en las redes sus experiencias de violencia patriarcal, encontrando el reconocimiento de parte de su comunidad, sirve para ejemplificar lo dicho. Lo que aquí nos encontramos es justamente el paso de la psicología a la política. Muchas mujeres no se atrevieron a contar nada hasta ese momento porque lo sentían como una carga, como una culpa que sólo se podía solventar en el psicólogo y que en cualquier caso se llevaba por dentro. Reclamaban quizás más seguridad “para ellas”. Sin embargo, al hacerlo explícito, al hacer público el sufrimiento, lo convirtieron en político, lo exteriorizaron y al exteriorizarse lo transformaron en colectivo; en común. Entonces es cuando de la frustración o la depresión se pasa a la rabia y a la posibilidad de construir no solo un proyecto, sino un “nosotras” común.

La complejidad del momento estriba en que la situación actual aboca a una izquierda que quiera arrancar algo a un discurso securitario y de orden. Sin embargo, parte de este discurso, si no se sabe enfocar bien, supone una premisa que es la que se quiere justamente combatir: que solo existen individuos en riesgo y con miedo. Y ahí casi siempre gana la derecha. El neoliberalismo nos ha cargado los hombros de un peso que se hace insoportable y que es, además, falso: el de la responsabilidad absoluta sobre la vida. Nos han quitado la casa, la ropa y la familia, nos han abandonado a la intemperie y nos han dicho que si tenemos hambre es porque no sabemos cazar, que si tenemos frío es porque no sabemos coser, y que si tenemos miedos es porque no somos suficientemente individuos. El mito liberal de Robinson Crusoe olvida que Robinsón sobrevive en la isla no tanto por su propia mañana como porque le son accesibles los bartulos del naufragio; restos que nunca fueron suyos, sino de otros.

Es un gran reto para la izquierda reconstruirse en un mundo que está cambiando de forma tan radical. Marx quizás planteo las preguntas correctas, pero las respuestas cambian. El orden moral ha cambiado. Los dos modelos que planteaba Lakoff son cada vez más difusos en cuanto que son reunidos en un mismo bloque por la impugnación de un tercero cuya máxima es “Ninguna autoridad por encima de los individuos”. La revolución neoliberal aboca al resto de fuerzas a una posición defensiva. La gente pide certezas y seguridades -cada vez menos proyectos y alternativas-. La izquierda se ha resignado a pensar más allá. Debe ofrecer lo que le puede dar votos -seguridad y orden-, pero también debe necesariamente hacer un trabajo de plantear alternativas, de pensarlas, de imaginar otros mundos. Es un trabajo más lento, más sosegado, pero que hay que seguir haciendo. La izquierda se ha desdibujado, no porque no existan ya la derecha y la izquierda, sino porque en el orden moral -que no económico o político- está abocada a parecerse cada vez más a la derecha en tanto en cuanto empiezan a estar reunidas ambas en el cajón de lo tradicional/conservador

Cuesta pensar en una revolución que lo cambie todo. Miento, hay una revolución que está camino de cambiarlo todo, la revolución neoliberal. Ellos tienen el mando. Las demás alternativas, se le ponga la etiqueta que se quiera, están en el otro lado de la trinchera, y eso es lo que hace tan difícil entender el mundo que vivimos y los cambios políticos. Los esquemas de antaño, incluido las metáforas morales de Lakoff, cada son más complejas, porque ya no hay dos modelos, sino tres -¿en transición a dos?-. Pero ya dijo Barthes que el ser humano piensa bien con opuestos. Es como mejor piensa, y auguro que si esto es así, el mundo, como efectivamente parece que sucede, se dividirá entre partidarios de defender la soberanía de los pueblos, y partidarios de liberalizar y globalizar todo todavía más. Dicho de otra forma; se dividirá entre partidarios de que haya padres que guíen y eduquen a los hijos (los tradicionales o conservadores) y partidarios de que no son necesarios los padres para que el hijo crezca (modernos/progresistas). Es de esperar que las etiquetas clásicas Conservadores/progresistas cambien y se desdibujen. ¿Qué papel jugarán entonces la izquierda o la derecha? Mejor ¿Qué designarán en estos tiempos las etiquetas izquierda y derecha?. La izquierda pierde su horizonte. Hoy pensar en revolución, es pensar en defender lo que nuestros abuelos consiguieron. Y ¡ojo! Es la revolución más legítima que cabe imaginar, pero no deja de ser defender. La palabra siempre es defender, cada vez menos conquistar. Ellos, nuestros abuelos y abuelas, los conquistaron, nosotros los defendemos. Pero si como escribió Lakoff, hay que ser siempre proactivo, nunca reactivo, ¿Podrán cambiar las cosas los que cuya revolución consiste en defender lo que nuestros abuelos consiguieron? ¿No se debe parte del fracaso de las izquierdas a este lugar defensivo al que han sido abocadas? ¿O a que, como rezaba la cita de Camú, en que apenas nos toca preocuparnos de “impedir que el mundo se deshaga” ¿O a la imposibilidad de parte de las izquierdas a plantear alternativas, a pensar otros mundos? ¿Se puede cambiar el mundo defendiendo? ¿Qué alternativas se pueden imaginar? En cualquier caso, parece cierta la frase de Jameson que, de momento, es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y en esas estamos.

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