Fake news: ni moralinas ni indiferencia, periodismo precario y capitalismo.

Fake news: ni moralinas ni indiferencia, periodismo precario y capitalismo.

Hay que decirlo claro. La forma natural del periodismo precario son las fake news.  Y mientras esta verdad se impone, normalmente las posiciones en el debate, sino idénticas muy parecidas, se mueven en la mayoría de los casos entre el desprecio hacia el fenómeno (“eso ha existido siempre”), una moralina cuasi religiosa (“falta de valores”) y un intelectualismo despreciable (“falta formación”). Según estas posiciones, que son las mayoritarias, las fake news serían meras mentiras con alguna clase de intención malévola por parte de los emisores (medios, políticos o usuarios de redes). Esta crítica no es incorrecta, pero hierra el tiro en la medida en que deja todo el peso en el lado de los individuos, sin tener en cuenta que se trata de un fenómeno mucho más amplio arraigado en las estructuras de funcionamiento de las formas de producción, distribución y recepción de la información. Es una emergencia de ciertas formas de relación en el mercado, en este caso del mercado mediático.

El fenómeno de las fake news y del término posverdad, entendido como indiferencia hacia la verdad, sería, según el catedrático Fernando Broncano, una forma sistémica y manufacturada de la circulación de la información en los medios de comunicación, la política, las instituciones del estado y los mercados financieros. No es por lo tanto un fenómeno meramente individual o moral, sino un fenómeno intrínseco al propio funcionamiento del sistema económico capitalista.

Es fundamental para entender el auge de las fake news, entender el fenómeno del exceso y el vértigo informativo impuesto por las ruedas de hamsters de producción de noticias. Detrás de todo gran medio hay un interés obvio por sobrevivir y crecer, es decir, por ganar dinero. Los medios digitales están obligados a depender de la publicidad que se consigue si la gente pincha en las noticias. Para que la gente pinche hay que ser sensacionalista o amarillista. El nivel de retención (el tiempo que un usuario pasa leyendo una noticia) medio de lectura de las noticias es cada vez menor. En la mayoría de los casos apenas llega al minuto.

A esta necesidad económica que subyace a la publicación de cualquier noticia hay que sumarle la creciente precariedad de la profesión periodística y la cada vez mayor demanda de puestos de trabajo. Al periodista se le exige que publique ya y ahora; que sea el primero. Se le obliga a la exclusiva y a la última hora. Y por supuesto, si no la hay, habrá que inventarla. El periodista cobra poco y tiene miedo a perder el trabajo, y aunque sepa que lo  está haciendo mal, ¿cómo va a quejarse si hay cientos como él esperando su puesto? El fenómeno de las fake news no es, por tanto, como anuncian algunos, una cuestión exclusivamente cultural o moral. Los periodistas no mienten, no producen fake news, o periodismo de poca calidad porque se les sea dado hacerlo o porque no tengan buena formación, sino porque no pueden hacerlo de otra forma (siempre que quieran mantener su trabajo)

Pensemos por ejemplo en una sala de prensa. Una sala de prensa es un caldo para fake news. Sale el político, todos preparan sus libertas y sus ordenadores y se disponen a apuntar. Buscan el titular. No hay contexto, solo texto. El texto es plano, el contexto tiene relieve, forma, narración. “¿Qué ha dicho?” “¿En serio ha dicho esto?”. Mueven las piernas nerviosas. Reciben una llamada pidiendo el titular “¿Ha dicho algo importante?”. Apuntan rápido y lo envían. Los que están al rededor son amigos (se ven todos los días) pero son también competidores. Todos pueden acabar sacando el titular antes que ellos. Si eso ocurre, seguramente haya bronca del jefe. Pero lo que es peor, si el otro le ha quitado el titular pues “habrá que buscar otra cosa”. “Tiene que haber algo que se pueda sacar”, es el monologo interno constante de un periodista en la sala de prensa. Un monologo que tiene un guionista; los directores de los medios. Sin embargo, en última instancia estos responden a los amos que pagan.

La pregunta es ¿Puede haber periodismo de calidad sin tiempo y sin contexto? ¿Qué relación tienen estas dinámicas con el fenómeno de las fake news y la posverdad? La respuesta para la primera pregunta es rotundamente no. Para la segunda pregunta la respuesta es, “una relación absoluta”. Entender el fenómeno de las fake news o la posverdad, simplemente como un mal moral de nuestro tiempo que tiene más que ver con la falta de valores que con las estructuras de funcionamiento del sistema no solamente es falaz, sino que oculta el verdadero mecanismo que hace funcionar el periodismo basura: las lógicas impuestas por el capitalismo.

El periodismo, exigido por la necesidad económica, mira la realidad tan de cerca que no es capaz más que de producir texto, mera información, mero agregado de datos; unos sobre otros, en un flujo incesante que aspira a sublimarse en las palabras “última hora” o “exclusiva”. Para que se entienda. Podemos imaginarnos delante de un cuadro de Goya en el Prado. Para admirar el cuadro debemos tomar cierta distancia. Vemos la escena; distinguimos a los personajes, podemos apreciar el contenido y el contexto; reconocer a las figuras, rememorar la historia, interpretar la obra. El relato requiere siempre de esta distancia, requiere poder seleccionar e introducir nuevas variables externas. Contar una historia es tomar distancia, poner con-texto (añadir algo a la mera conjunción de sintaxis, gramática y morfología de las palabras). El con-texto es añadir un otro extraño que da valor y sentido a la mera concatenación material de términos lingüísticos. De la misma forma que nadie diría que alguien ha entendido un cuadro si se dedica únicamente a explicar uno por uno cada trazo, tampoco puede haber periodismo donde solo hay flujo incesante de datos y actualidad.

El periodista medio mira el cuadro pegado a él. No es capaz de distanciarse (salvo excepciones). Paradójicamente, cuando más cerca las figuras y los personajes no solo no se aclaran, sino que se convierten en rayas y líneas; en color y en trazos. Si hemos sabido mirar el cuadro de lejos acercarnos nos puede dar otra perspectiva; una información distinta. Sin embargo, quien sólo ha mirado el cuadro de cerca no ha visto en realidad el cuadro. Y esa es la situación actual del periodismo. La exigencia económica se transforma en exigencia de actualidad y noticiabilidad absoluta. La información se produce en el momento y sobre el momento. Como si alguien solo conociese del cuadro los trazos y las manchas. Los que nos dedicamos de una u otra forma a la actualidad solo sabemos mirarla de cerca, pegados a ella, obligados a deleitarnos en la corriente de lo noticiable.

Además, en la parte que al receptor le toca, somos incapaces de procesar tanta información. Este exceso solo produce cansancio, desafección informativa y sobre todo indiferencia. Como escribió Borges en Funes el memorioso, para pensar es necesario ser capaz de olvidar, diferenciar y seleccionar. De lo contrario, de la misma forma que en el abarrotado mundo de Funes, no habrá más que “detalles casi inmediatos”.

Nos pesa la cantidad de información y el vértigo informativo. Ante el exceso de noticias y últimas horas nos abrumamos, nos excitamos y nos aburrimos. Entramos, pinchamos, nos sorprendemos momentáneamente, nos indignamos, pero tal como nos indignamos, nos olvidamos. Vivimos rápido, excesivamente. Tardamos lo mismo en indignarnos que en olvidarnos de la indignación. Somos cada vez más incapaces de tener un criterio que sea precondición para reflexionar. Leemos, compartimos, nos emocionamos, nos enfadamos y vivimos pegados al torrente de actualidad. Nos está siendo impedido tomar distancia. No es una cuestión de voluntad política, ni moral ni cultural, es una cuestión de imposibilidad sustancial de mirar lo real, de pararse a pensar. El que lo hace recibe la indiferencia o la risotada del ágora pública.

En la trinchera de las redes sociales, el que necesita tiempo es un excéntrico, está fuera del juego. Si no participas ya, no participas.  Reflexionar está penado por los algoritmos de facebook, twitter e instagram. Además, el que piensa, el que no se deja arrastrar por el torrente de emociones que evoca la actualidad es acusado de indiferente o de neutral. Y no hay nada peor. El que piensa es un neutral. El que asalta efusivamente cada noticia de actualidad es el que tiene un compromiso. Si aparece una noticia polémica aparecen distintas preguntas: ¿Cómo me voy a parar a contrastar, a pensar, a ponerle contexto si me es exigido tener una opinión ya y ahora? ¿Cómo no voy a compartir esta noticia? ¿Qué pensarán mis seguidores, mis amigos o mis familiares? ¿Cómo les voy a decir que no tengo una opinión?

Pensar en la posverdad y en las fake news requiere necesariamente que pensemos en los medios de producción de la información y en los tempos que impone el mercado. Requiere necesariamente que pensemos en cómo funcionan las redes sociales, cómo funcionan las redacciones y las redes de precariedad de los medios de comunicación. Requiere necesariamente pensar en los lobbys de poder y la relación entre las élites económicas y periodísticas. Es decir, requiere que pensemos en las materialidades estructurales de producción, distribución y recepción de la información. Todo lo demás es desviar el tiro. Las críticas moralistas, intelectualistas o culturalistas son seguramente también importantes pero siempre colaterales al eje central: el dinero.

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