El juego del trilero

El juego del trilero

El trilero es una de las figuras míticas de nuestras calles. Como mallorquín he visto más de una vez a hombres vestidos relativamente elegantes que confunden a turistas con un alto autoestima y una cartera gruesa. En un primer vistazo, salta a la vista que el oficio requiere de una gran habilidad. Pero esta no se centra tanto en las manos como en las palabras. Al final todo consiste en que la víctima preste atención a lo que el trilero quiere y no a donde debe.

La política actual, especialmente su variante comunicativa, dista del simple juego de destreza en las formas, pero el objetivo es similar. La atención de las audiencias se encuentra limitada a unos pocos temas en la rutina del ciudadano. Cuanto mayor sea el interés de las personas, más cuestiones tendrá en cuenta y más se podrá relacionar, pero en general se buscan atajos cognitivos que no requieran tiempo y nos expliquen eso tan complejo que es la política.

Maestro absoluto de esto es Donald Trump. El presidente de los Estados Unidos sigue una rutina metódica que hace que hablemos diariamente de él. Hombre de negocios, acostumbrado a dormir poco (o eso nos vende) lanza sus primeras perlas en Twitter minutos antes de la apertura de las redacciones. Así se garantiza que los tabloides marquen sus agendas a partir de estas matutinas incursiones en las redes. Por tanto, una gran parte de las jornadas Trump es citado y se opina de aquellos temas que el ha propuesto. Es un trilero, pero con la agenda mediática.

Este tipo de disputas no solo se dan en la lejana Casa Blanca, una batalla similar se libra en cada comunidad y España no es una excepción. Podemos llegar a decir que el ejecutivo liderado por Pedro Sánchez es experto en este tipo de juegos. Pongamos algún ejemplo que nos lo aclare.

Tras el anuncio del gobierno alemán de dejar de vender armamento a Arabia Saudí los partidos que apoyan al PSOE en el Congreso, especialmente Podemos, propusieron seguir el camino del gobierno teutón. Los socialistas, en posición de gobierno y con una industria armamentística a sus espaldas, decidieron no apoyar el boicot. Siendo conscientes de que la opinión pública y su electorado no verían con buenos ojos esta decisión, realizaron un movimiento digno del más habilidoso de los trileros. De unas declaraciones de Pablo Casado interpelando al gobierno de Sánchez, este respondió generando una polémica y retirándole la palabra. Y cuando creías que te preocupaba la venta de armas, los medios te hablan de la pelea superflua entre PP y PSOE.

Al final, todo este tipo de maniobras se sitúan en un contexto en el que las medidas materiales pierden poder frente a las posiciones teatrales. El pacto de presupuestos fue un ejercicio de comunicación, que se vendió como un gran avance sin sentarse a negociar con la otra parte de la mayoría parlamentaria. Incluso la propia formación del gobierno y la elección de los ministros tuvo un alto contenido performativo.

Podríamos abrir ahora una larga reflexión sobre las características de nuestra sociedad. Escribir sobre como la reflexión y el debate pierden fuerza ante consignas cada vez más simples, fruto de un desencanto creciente con un sistema que no satisface a los ciudadanos y que no encuentra alternativas viables para ello. Pero hoy no toca adentrarse en esta cuestión. Lo que si haré será concluir este escrito reflexionando sobre como todo lo que tenía de deliberativo nuestra democracia se pierde ante lo espectacular.

La polémica suscitada con la no cocina electoral del CIS es, bajo mi punto de vista, el ejemplo más extremo. Un organismo que debería ser referencia en nuestro país, como su nombre invitaría a pensar, ha caído en una dinámica en la que solo busca la promoción de datos positivos del actual gobierno. Y no es que haya caído en manos de un grupo de iletrados, al contrario, han leído y entendido bien cual es la influencia que tienen las encuestas en el votante y lo piensan usar.

El problema es que al pervertir esta institución y convertirla en un arma electoral tan clara, se rompe con los limites marcados por lo académico y permite que otros puedan ir más allá cuando a ti te toque ser oposición. Al final, la democracia pierde.

En los últimos comicios de Brasil hemos visto como el candidato Jair Bolsonaro no ha asistido a los debates electorales. Pese a los muy mediatizados que estos se encuentren, siguen representando el único espacio en donde se contraponen ideas, allí donde el ciudadano puede acceder para observar las propuestas y sus respuestas. Pero en un calculo electoral, el presidente electo carioca, Donald Trump y Rajoy apostaron por no ir en algún momento. Fue una decisión racional para sus intereses, pero es fatal para las bases de la democracia. Lo peor es que esto hace perder interés al debate y centra la atención en el candidato que no ha ido, de nuevo la jugada del trilero.

Al final, vemos como nuestra política se aleja del reparto sosegado y dialogado, de la confrontación de ideas y se aproxima cada vez más a una lucha por poner el pequeño foco en donde más fuerte se es. Cabe recordar que cuando se descubre el pastel, el timador tiene que salir corriendo del lugar para mantener su integridad física. Esperemos que no sea ya demasiado tarde y los ciudadanos pongan el ojo donde quieren y no donde se les dice.

 

Julián Claramunt Marco

Julián Claramunt Marco

Ciencia Política
Educación
Graduado en Ciencias Políticas por la Universitat de Barcelona y Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid.

Descripción
Politólogo apasionado y militante activo. Con los dos pies en Barcelona y el corazón en Mallorca. Me interesa todo aquello que sea interesante.

Redes Sociales

Please follow and like us:
Please follow and like us:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *