Vox y la ceguera de género

Vox y la ceguera de género

Tras la resaca de las elecciones andaluzas de este domingo, consecuencias como el descalabro del PSOE en su tradicional bastión, la participación de líderes nacionales en la campaña o el crecimiento exponencial de Ciudadanos han pasado a un segundo plano. El foco público, político y mediático está, sin embargo, centrado en los 12 escaños de Vox.

A pesar de que el éxito electoral de Vox se sustenta en diversos pilares como la unidad nacional, el centralismo, las políticas antiinmigratorias o la defensa de lo tradicional, uno de los puntos con más presencia en el debate público ha sido la cuestión de género.

Si bien aún es complicado discernir las motivaciones principales del votante de Vox y sin que este sea necesariamente un valor decisorio, el discurso de los principales representantes de partido se ha caracterizado por su dureza contra el feminismo.

Entre sus medidas, la derogación de la Ley de Violencia de Género, sacar el aborto y las operaciones de cambio de sexo de la Seguridad Social, abolir “órganos feministas”, como puede ser el Instituto Andaluz de la Mujer, o eliminar las cuotas de género de las listas electorales.

Al frente de la lista, Francisco Serrano, un magistrado de Primera Instancia, conocido por sus controvertidas sentencias en materia de violencia de género y custodias. Una de sus actuaciones más polémicas en el plano judicial se dio en 2016 cuando Serrano fue inhabilitado durante dos años por prevaricación judicial al saltarse el régimen de visitas de dos padres separados permitiendo que un menor asistiese a una procesión de Semana Santa con su padre sin el consentimiento de su madre.

EL DISCURSO
En el contexto actual, el feminismo se está abriendo paso y trata de establecerse como un eje vertebrador de la estructura y del orden social. En esta transición de un sistema social a otro, surgen campos de incertidumbre, en parte debido a que los individuos deben adaptarse a una nueva organización que mediante sus interacciones regle su cotidianidad.

Esta incertidumbre, ligada a la pérdida, consciente o inconsciente, de los privilegios ostentados por el género masculino y al apego de algunos sectores al concepto de familia tradicional propician la reticencia al cambio deseable.

El hecho de que dentro del propio movimiento feminista existan divergencias y que se haya presentado como un lugar también para el debate hace que el concepto se torne difuso ante determinados públicos. Esta ambigüedad no es ajena a los partidos, que encuentran dificultades a la hora de definir su postura de forma clara. Desde la derecha, que titubea a la hora de postularse como feminista, hasta la izquierda, tachada de centrarse en aspectos superficiales o de aproximarse a un feminismo en concreto.

Aun así, y subrayado por masivas movilizaciones a nivel nacional como la del 8 de marzo o la del pasado 25 de noviembre, el feminismo ha logrado establecerse en la agenda política como un movimiento social que respaldar o, al menos, no oponer resistencia. El feminismo se ha asentado como lo ‘políticamente correcto’ sin encontrar oposición abiertamente declarada dentro del sistema de partidos español, hasta la irrupción de Vox.

Ocurre lo mismo en el caso de la opinión pública donde, si bien es difícil generalizar, en ciertos sectores existe la percepción de que la corrección argumentativa instaurada se relaciona con valores feministas, lo cual puede contribuir a acallar ciertas voces discrepantes en el espacio público tradicional, las cuales, por otro lado, han encontrado en las redes sociales un lugar para la resonancia de sus mensajes amparados por el anonimato.

Por tanto, en un escenario político en el que los posicionamientos en torno al feminismo o son favorables o pecan de ambigüedad, Vox ha emergido como el único partido con un discurso rotundo en contra de este movimiento social, como la única opción reaccionaria en la que estos sectores sociales incómodos con el feminismo han encontrado cabida política.

Más allá de las medidas concretas con las que Vox se ha presentado ante el electorado andaluz, un claro ejemplo de este discurso de ‘género’ lo encontramos en el mitin de Santiago Abascal en Vistalegre cuando apeló a esta disconformidad con la siguiente fórmula: “Vosotros, (…) que no admitís que se criminalice a la mitad de la población por su sexo con las leyes totalitarias de la ideología de género, machistas y fachas”.

Este es un buen ejemplo de cómo el discurso de Vox al argumentar su postura anticipa las críticas que sabe que recibirá por posicionarse contra lo políticamente correcto. Es precisamente anticipando estas críticas como se autolegítima, desmarcándose del resto de partidos al trascender la corrección política en favor de su verdad, un discurso muy similar al utilizado por Donald Trump o Marine Le Pen.

La legitimación procede también del encuadre que Vox ha hecho del movimiento feminista vinculándolo con la misandria: el odio a los hombres y a todo lo tradicionalmente ligado con la masculinidad. Al definir al feminismo desde esta falsa perspectiva se relegitima a sí mismo y se inviste con un cariz de resistencia, relacionando a Vox como el partido que lucha realmente por la igualdad, entendida siempre desde su perspectiva.

En un momento social en el que el feminismo está transformando las relaciones y estructuras sociales, Vox se nutre de la incertidumbre que el cambio provoca en algunos para ofrecer una alternativa reaccionaria ya conocida que reduce la misma. Lo mismo ocurre en la arena política en la que, en medio de una amalgama de discursos favorables o ambiguos, Vox supone la única alternativa contraria. Es precisamente en este punto donde se produce la identificación con aquellos individuos que partían de predisposiciones contrarias al feminismo: Vox ofrece así un espacio para lo políticamente incorrecto, invistiendo estas opciones de una legitimidad.

FEMINISMO COMO TRANSFORMACIÓN
La existencia de discrepancias dentro del feminismo, el apego a la familia tradicional o la pérdida de privilegios no pueden ser en ningún caso argumentos que aúpen al neofascismo. Los 400 000 votos que ha cosechado Vox en Andalucía recuerdan la importancia de la pedagogía dentro del feminismo hasta convertirse en un discurso triunfador en todos los contextos, el punto de partida transversal desde el cual se desarrolle cualquier opción ideológica.

Tachando de “ideología de género” a la lucha por la igualdad, Vox considera que en España se ha alcanzado una igualdad manifiesta y efectiva de la que aún estamos lejos. Es precisamente la normalización del patriarcado uno de los mayores peligros que comporta el auge de Vox: si la situación actual es la deseable, las relaciones de opresión se perpetuarán y, lo que es si cabe más grave, serán percibidas con naturalidad.

Ante esta amenaza para la igualdad de género, el feminismo será uno de los ejes principales de la lucha antifascista, un movimiento social que, por la transversalidad que le caracteriza, se constituye como el mejor aliado para hacer frente al neofascismo.

Julián Claramunt Marco

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